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Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Lun 27 Jun 2011, 19:10

POSGUERRA, AÑOS 40- Otra España

«Mirad en torno vuestro: Mirad a la Nueva España cómo vela por todos
sus hijos, hasta por los más miserables. Ved al Gobierno de nuestro
invicto y glorioso Caudillo cómo se preocupa hasta de los prisioneros
que gimen sus culpas en los campos de concentración de Francia. Y
ved como en estas provincias, que por la gracia divina, y también por
el genio y la voluntad de Franco, cumpliendo mandato de Dios, se han
salvado íntegramente de la gran catástrofe, [...] no ha habido que lamentar
horrores ni tragedias máximas [...].
Tiene España una vieja experiencia de estas cosas. En la época
de los Reyes Católicos, hubo una expulsión de judíos y de moriscos.
Muchos salieron de España, pero muchos se acogieron a su benignidad,
haciendo abjuración de sus creencias, [aunque] algunos seguían
siendo por dentro tan marranos y tan judíos como antes.
Hoy existe el mismo peligro. Entonces lo conjuró la Inquisición;
pero hoy, ¿quién lo podrá conjurar? Es preciso rectificar, sí. La
rectificación, si es sincera, lava el pecado. Pero es preciso que los que
rectifiquen, los que vengan a la Nueva España, sientan arrepentimiento
de sus culpas pasadas. Que hagan confesión pública de sus errores
y que sepan que no están dispuestos a volver a caer en ellos. Que no
vuelvan a haber en la España de hoy marranos ni judaizantes».


Así exhortaba a sus fieles Fray Albino, Obispo de Tenerife, poco después de acabada la Guerra. Resume perfectamente lo que fue la Posguerra en España, pero con matices propios de Canarias. Allí no hubo casi tiros, ni muchos muertos, ni grandes destrozos. Las Islas Afortunadas pasaron de puntillas por el horror de una Guerra que partió a España en dos. Mi padre, sus tres hermanos y mis abuelos paternos vivieron en otra España tanto la Guerra como sus terribles años posteriores.

¿Terribles? Bueno, no tanto… Y menos aún para ellos. Mi abuelo Luis era Director General de Carreteras, después de haber pasado por el Puerto de Las Palmas. Los Ingenieros de Caminos escaseaban en las islas, por lo que su posición social era realmente envidiable. Después del alto clero, la cúpula militar y el Alcalde, no se podía aspirar a más. Mi abuela Carmen gozaba de una vida social intensísima, era raro el fin de semana que no tuvieran alguna fiesta o algún acto destacable. Obviamente, la carestía de ciertos productos o comodidades también afectaba a la dulce y tranquila sociedad canaria en aquellos años 40, máxime cuando al aislamiento internacional que sufría España y a la autarquía inventada por Franco se le unió la Segunda Guerra Mundial, que afectó seriamente a los suministros británicos que pasaban por los puertos canarios. No obstante, si en la península se hablaba del “estraperlo”, en Canarias se hablaba del “cambullón”, versión “sui generis” mucho más práctica y menos dramática que ayudó a mucha gente a pasar aquellos años de una manera más agradable. “Cambullón” es un término acuñado por los propios traficantes de género, proveniente del inglés (“come and buy on”), mediante el que se intentaban burlar las reglas que impedían el suministro de ciertos productos en Las Palmas y Tenerife, aún gozando de la “categoría” de puertos francos. Consistía en adquirir la mercancía en el propio barco, en aguas internacionales, y “colarla” después en tierra ante la indiferencia o complicidad de las autoridades… Que acabaron permitiendo descaradamente estos trapicheos, con auténtico tráfico de camiones por los puertos. De esta manera, en Canarias nunca faltó carne, ni patatas, ni trigo, pero también es destacable que hubo penicilina, sacarina y otras medicinas mucho antes de que pudieran soñar con su llegada en la península.

Mi padre iba a la playa de Las Canteras casi todos los días, junto a sus hermanos y a amigos del colegio. Formaban parte de la élite estudiantil de Las Palmas, alumnos del Colegio Alemán y después de los Jesuitas. El Colegio Alemán era el más prestigioso de Las Palmas hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, que supuso su auténtico declive. Primeramente sufrió un importante recorte presupuestario por parte del Gobierno alemán, además del abandono de sus clases de la mayoría de estudiantes canarios, más simpatizantes del bando aliado. Podían ser profranquistas, sí, pero la influencia de Gran Bretaña era muy importante en aquella sociedad y en su economía. De hecho, el Colegio tuvo que cerrar sus puertas en 1945, con la derrota de Alemania en la Guerra. Años más tarde abriría de nuevo, pero ya nunca sería lo mismo. Y en 1939 reabrió con fuerza el Colegio de los Jesuitas, expulsados en tiempos de la República, y acogió a la mayoría de “huidos” del Colegio Alemán, entre los que se encontraban los cuatro hermanos da Casa: Luis, José Antonio, Fernando y Julio. Ninguno de los cuatro recordó nunca haber pasado ningún tipo de privaciones durante la Guerra o la Posguerra, ni siquiera oyó hablar de desastres o historias truculentas por parte de mis abuelos o de alguna otra persona. Como anécdota sí me contaron que las Cartillas de Racionamiento de la familia (de Primera Clase, por supuesto) no las llegaron a usar, sino que mi abuela dispuso su envío a Madrid “para que las utilicen vuestros tíos y primos, que allí las necesitan más”. Ni siquiera durante los largos veraneos que pasaban en la península eran conscientes de que existieran mayores problemas que ver “más pobres” por las calles que en Las Palmas. Cada verano se establecían en algún Balneario o ciudad del norte de España, buscando siempre lo más selecto y cuidado de cada lugar. San Sebastián, Santander, Llanes y La Coruña estaban entre los lugares favoritos de mi abuela. La parada en Madrid para ver a la familia era obligada, pero tampoco las enormes cicatrices que exhibía la capital del Reino hicieran mella en las pupilas de aquellos cuatro niños. “No hay mayor ciego que el que no quiere ver”, dice el refrán. Sigue igual de vigente en 1945 que en 2011…

Fue precisamente en la playa de Las Canteras donde sucedió un hecho que sí marcó a mi padre de por vida. Se estaban bañando los cuatro hermanos cuando una medusa gigante abrazó a su hermano Fernando, el “pupas” de la familia. Si a alguno le tenía que pasar algo, siempre era a él, el hermano mellizo de mi padre. Hasta nació con un brazo roto… Pero lo de la medusa llegó a asustarles a todos. La picadura fue tan grande y tan extendida por todo el cuerpo que temieron por su vida. Finalmente todo quedó en un susto, pero después de estar sumergido en una bañera de agua con VINAGRE durante casi veinticuatro horas. El olor tan penetrante del vinagre, unido al impacto de ver a su hermano con espasmos, la incertidumbre de no saber qué pasaría… Mi padre no pudo soportar aquel olor nunca más. Detectaba la presencia de vinagre a decenas de metros, y era incapaz no ya de probar algo que contuviera vinagre, sino de compartir espacio físico con nada que hubiera sido rozado por tan culinario elemento. ¡ Ay, los conejos al ajillo, gazpachos, ensaladas, salsas y otras delicias que se perdió (nos perdimos toda la familia, más bien) a causa de aquella medusa!

Lo que no se perdió mi abuelo fue a Rita Hayworth. “Personificación del mal”, “Gravemente escandalosa” y calificativos similares fueron dados por el Obispo de canarias, Monseñor Antonio Pildáin, hacia la película “Gilda”, estrenada en Las Palmas en Enero de 1948 en el cine Cuyás. “Peligro de excomunión” para los empresarios que proyectaran dicho film diabólico y “gravísimo pecado mortal” para los fieles que acudieran a verla. Señoras rezando el rosario a la puerta del cine, “informadores” del señor Obispo merodeando por los alrededores… ¿Cómo se iba a atrever Don Luis da Casa Calzada, respetabilísimo y conocidísimo hombre de bien, a entrar en el cine y acabar en el barro? Obviamente, y muy a su pesar, no fue al cine. Pero una Pastoral del Obispado de Tenerife, publicada el 18 de Enero de 1948 y que reproducía las amenazantes palabras del Obispo de Canarias, le iluminó el semblante, como a muchos otros habitantes de Las Palmas… “Carmen, tengo una sorpresa para ti. Prepara una maleta ligera que vamos a pasar el fin de semana a Tenerife. Ya verás qué bien lo vamos a pasar”. La película fue estrenada en la isla vecina después que en Las Palmas, probablemente, porque se tratara de la misma copia que viajó de isla en isla. Mis abuelos disfrutaron de la bofetada más famosa del cine en el Teatro Baudet de Santa Cruz de Tenerife el 31 de Enero de 1948. De incógnito, por supuesto.

Fernando
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Mar 28 Jun 2011, 00:00

Chapeau!!! como siempre Fernando Adorar Derecha
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 28 Jun 2011, 13:54

Muchas gracias, adorada Dasten. Alabar Alabar Alabar

Aunque quizá haya que decirle a JuanCt que cambie el nombre del hilo, por el de "Cuasimonólogorollo de fernando y su familia" Locoo

Va a hacer falta que termine de una vez para que alguien se anime, coñe.
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Jue 28 Jul 2011, 15:53

POSGUERRA 1944,1946- Mallorca a pierna suelta

La luz mediterránea, el olor a mar y la musicalidad de las ramas de los árboles, mecidas por la suave tramontana, conformaban las señas de identidad de aquella casa en la calle Calvo Sotelo de Palma de Mallorca. Grande, pero acogedora. Destartalada, pero ordenada. Un inmenso jardín, cuajado de flores, palmeras y frutales, se convirtió en el paraíso terrenal de mi abuela, convertida en una Eva moderna metida a jardinera. Las vistas a la bahía de Palma, justo por encima del Hotel Victoria, eran sencillamente espectaculares. Así son los recuerdos de mi madre sobre aquella mansión que habitaron en El Terreno, precioso barrio de Palma de Mallorca donde la familia de Cantos vivió los mejores años de su vida.

Palma era una ciudad pequeña, provinciana y con una sociedad más bien cerrada, que aún no había conocido el auténtico sentido del turismo a gran escala. Es cierto que la Guerra respetó bastante a las Baleares, casi tanto como a las Canarias, aunque las privaciones fueron algo mayores. No gozaban de las ventajas de ser “puerto franco”, ni tampoco de un comercio fluido y abundante con América o Gran Bretaña. De todas formas, la Posguerra fue muchísimo más suave y llevadera que en la Península. Quizá tuvo algo que ver el carácter isleño, además de la ausencia de bombas y destrozos. El “prototipo” de mallorquín de la primera mitad del siglo XX era serio, trabajador, realmente introvertido. Pero con un “seny” muy aguzado, mucho más que el catalán. En pocas palabras, era pragmático… En aquellas convulsas décadas, de grandes cambios, disturbios, guerras, rencores y venganzas, donde el español sacó lo peor de sus entrañas, el mallorquín demostró estar bastante por encima de la media. En Palma no se vivieron grandes episodios de represión, ni de venganzas personales de unas familias contra otras. La palabra “rojo” no existía más allá de los documentos oficiales, y todos intentaron salir de la miseria y del hambre de la mejor manera posible: viviendo y dejando vivir. Esto fue lo que realmente cautivó a mis abuelos. Por primera vez en mucho tiempo, nadie les preguntaba por su pasado, nadie les acusaba de “rojos”, nadie se metía de puertas para adentro de su casa. Encontraron su particular paraíso, un lugar al que aferrarse con raíces profundas, del que nada ni nadie les arrancase. Atrás quedaba Madrid, con sus grandezas y sus miserias. No la iban a echar de menos.

El trabajo de mi abuelo era, además, altamente reconocido y bien pagado. Ingeniero de Caminos de la Compañía Dragados, máximo responsable de la construcción del nuevo puerto de Palma, concretamente dirigía la ambiciosa ampliación que se iba a realizar en la zona de Porto Pi. Pepe y Pilar se codeaban con lo mejorcito de la sociedad local, así como con la selecta y exclusiva “colonia” de peninsulares que copaban los altos cargos oficiales en la isla: magistrados, directores generales, catedráticos. Iban a la ópera, al teatro, a las carreras de “trotones” tan típicas en la isla, a bailes, conciertos, cenas… No había acto social importante al que no estuvieran invitados. Mi abuela, por supuesto, no rechazaba ninguna invitación. Después de lo que habían pasado, ¡madre mía!. Estaba ella para perderse algo. Se relacionaron con los March, los Summers, los Dicenta, los Forteza… Bueno, los Forteza… Se puede decir que los Forteza, como el resto de “chuetas”, formaban uno de los “lados oscuros” de aquella sociedad mallorquina tan hermética pero tolerante a la vez. Si bien los mallorquines nunca entraban a investigar la vida personal de nadie, ni discriminaban por razones políticas, el ser judío o descendiente de judíos era otra cosa. Mallorca conservaba (y conserva) muchos apellidos de procedencia judía, de aquellos que consiguieron evitar su expulsión en las sucesivas purgas ocurridas en esta nuestra España durante siglos. La insularidad y el carácter poco entrometido de los mallorquines obraron ese milagro. No obstante, nunca dejaron de pertenecer a una minoría “marcada” por la diferencia, denominados despectivamente “chuetas”. Es el caso de apellidos como Forteza, Russinyol, Aguiló o Fuster. Afortunadamente, hoy todo esto es historia, pero la Mallorca de 1944 aún miraba de reojo todo lo que oliera a judío. Pero eso a mis abuelos les importaba un bledo. Ya habían aprendido bastante de discriminaciones injustas y de “apellidos” forzados…

Mi madre recuerda con muchísimo cariño a sus amigos y amigas, las playas, las cuevas del Drach, las ensaimadas, el Colegio del Sagrado Corazón, las serenatas de Pepe Denis en el “Club Virginia”, el castillo de Bellver, la Plaza de Gomila, Cala Mayor… Lo recuerda con mucha precisión y exactitud, y cuenta innumerables anécdotas que vivió junto a su hermana Pilarín. Travesuras de niños, juegos, excursiones, sesiones de cine y hasta flirteos… No es posible resumir en pocas palabras los recuerdos de una niña de setenta y cinco años cuando apenas había cumplido ocho. Fue tanta la diferencia entre Madrid y Palma en su vida y en la de mi tía Pilarín que las “instantáneas” de felicidad y de “otro mundo posible” se les grabaron a fuego en la memoria. Como si fuera ayer. Como si fuera hoy. Obviamente, esos maravillosos y frescos recuerdos no evitan que Mallorca estuviera en España, la triste España de los años 40. Aquella España que ocultaba desastres y noticias “poco propicias” al Régimen, que escatimaba recursos para la seguridad de los trabajadores o aquella donde el poder policial era casi tan grande como el eclesiástico. Recuerda también mi madre, por ejemplo, el día que mis abuelos llegaron completamente descompuestos a casa, después de la botadura del barco “Miramar”. Asistió el “todo Palma”, y después de la botadura se ofreció un ágape de lo más selecto. Pero hubo un “pequeño” inconveniente a la hora de botar el barco: cuando Doña Isabel Ristori, esposa del Excelentísimo Señor Almirante de la Base Naval, Don Manuel Garcés de los Fayos, estrelló la botella de vino contra el casco del buque, se suponía que éste debía deslizarse suavemente hacia el mar. Pero no lo hizo. Algo falló y el barco no se movió ni un centímetro. Miradas severas fulminaron a los obreros encargados, pero casi nadie lo notó. Algún comentario gracioso para quitar importancia al asunto y a por los canapés. Mientras tanto, aquellos obreros debían revisar qué había ocurrido, bajo la firme amenaza de perder su trabajo… O su vida. Al poco de empezar a degustar los manjares ofrecidos, regados con buen vino, un fuerte sonido metálico hizo a todos los invitados desviar la mirada hacia el barco. Empezó a deslizarse, y la gente aplaudió complacida. Un grito de horror no encajaba en aquella fiesta. El grito de un obrero, ileso, que vió cómo el “Miramar” partió en dos el cuerpo de su compañero, mientras intentaba averiguar debajo del casco por qué no se había deslizado en su momento. La prensa del día siguiente recogió la noticia:

“...Después de la bendición, Dª Isabel Ristori, esposa del Excmo. Señor Almirante Jefe de la Base Naval, Don Manuel Garcés de los Fayos, cogió dos lazos con los colores nacionales, de la que pendía una botella de vino la que hizo estrellar contra la proa del buque mientras la banda de música del Tercio de Infantería de Marina ejecutaba el Himno Nacional, escuchado brazo en alto por los concurrentes, deslizándose el casco del "Miramar" majestuosamente entre generales aplausos y vítores, una vez superadas las dificultades para la normal deslización del casco del buque...”

Una viuda y tres hijos que tendrían que vivir prácticamente de la mendicidad, ya que la pensión apenas les alcanzaría para afrontar los gastos de su humilde casa. Ni indemnización, ni reconocimiento, ni siquiera tenían derecho a que la gente supiera cómo había muerto su marido. Y no fue un caso aislado. Hay decenas, cientos de desgraciados sucesos que el Régimen silenció o intentó camuflar, para que no se descubrieran las graves carencias de seguridad en el trabajo que existían. Carencias acompañadas de carencias. Miseria sobre la miseria. Siempre paga el más débil, que debe dar gracias por tener pan cada día. Como las dos viudas que dejó el suceso ocurrido el quince de febrero de 1946. Aquella mañana se iba a inaugurar la nueva central eléctrica del muelle de San Carlos, necesaria –entre otras cosas- para suministrar fluido para las obras de Porto Pi. Mi abuelo no tenía relación con aquella obra, pero le afectaba muy directamente, por lo que decidió acudir a su puesta en marcha. Era un hombre feliz, que acababa de saldar las deudas contraídas con la familia de su mujer para cubrir la desastrosa estafa de SUMIN. En tan solo dos años, su vida había dado otro vuelco espectacular. Vivía en una ciudad que le había acogido de maravilla, su posición económica era más que desahogada, su mujer y sus hijas reían de nuevo y el futuro era realmente esperanzador. Las obras de Porto Pi estaban en su momento culmen, y estaba seguro de que después vendrían más. Podría proyectar, quién sabe, la construcción de un nuevo aeropuerto en la base militar de Son Sant Joan, o la reestructuración del puerto de Mahón, o los accesos a….¡¡¡¡PUUUUUUMMMMMM!!!! ¡¡¡¡¡CRAAAAAAASSSHHHHH!!!! Abrió los ojos. Una intensa humareda no le permitía ver nada de lo que había pasado a su alrededor. Tosió, y al hacerlo sintió un intenso dolor en una pierna. Sonrió. Eso significaba que estaba vivo.

Ya en el Hospital, preguntó qué había pasado. Una caldera de aire comprimido explotó, sin que se conocieran muy bien las causas… Había tres heridos, mi abuelo y dos obreros. La explosión le había arrancado las dos piernas a uno, y al otro un brazo y le había provocado graves heridas en cuello y pecho. Estaban muy graves ambos. “¿No pregunta por usted mismo?”, le dijo el Doctor. Mi abuelo levantó las sábanas y se observó detenidamente. “Bueno”, dijo sonriendo levemente. “Me temo que este año me perderé los bailes del Castillo de Bellver”. Le faltaba una pierna.

Los dos obreros murieron poco después. Mi abuelo se salvó. Estuvo casi dos meses hospitalizado, y pasó varias veces por el quirófano. El mismo controlaba las intervenciones, ya que no quiso que le suministraran anestesia. Sus ganas de vivir y de aprender podían mucho más que cualquier adversidad. De hecho, cambió la fecha de su cumpleaños. El nació el ocho de Febrero, pero a partir de entonces celebraría el quince de Febrero. Decía que había vuelto a nacer.
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 13 Sep 2011, 21:02

POSGUERRA, 1947-1948- Volver

“A ver... ¡Una, dos!¡¡Dos!! ¡¡Bien!!¡¡Papá vuelve con dos piernas!!” Pilarín y Mari Tere gritaban alborozadas cuando vieron a mi abuelo descender del avión. Regresaba de Barcelona con mi abuela, después de someterse a la última y definitiva operación en su pierna, que milagrosamente le había crecido. Sí, volvía a tener dos piernas. Sus hijas gritaban y lloraban de contentas, y corrieron a abrazarle atropellándose la una a la otra. Ninguna quería ser la última. “Cuidado, que lo vais a tirar.” Mi abuela intentó frenarlas, emocionada. Mi abuelo sonrió y no evitó el contacto. Un sonido seco, duro, sorprendió a las niñas. “Ahora soy como el pirata Patapalo, que tenía una pierna de madera. Pero no os preocupéis, porque fue feliz y muy rico”. Así explicó mi abuelo a sus hijas su nueva situación, y tomó por costumbre contarles historias del pirata Patapalo, aquel que consiguió el mayor botín de la Historia de la piratería, en el siglo XVII. Quizá de ahí vino la gran pasión de mi madre por leer libros de aventuras, entre los que no podían faltar “La Isla del tesoro” de Stevenson o las numerosas novelas de piratas de Emilio Salgari.

Pero la realidad laboral de 1947 distaba mucho de ser idílica para un señor con pata de palo. Y mi abuelo no tenía, precisamente, alma y cuerpo de pirata. Sufría dolores intensísimos, y cada vez le costaba más poder acudir a las obras. “Pepe, deberías plantearte volver a Madrid. Allí podrías desempeñar funciones muy importantes para la empresa, sin necesidad de ir a ninguna obra”. Las sugerencias de sus compañeros de trabajo le dolían más que el muñón de la rodilla. Volver a Madrid... Decididamente, no. Agradecía los ofrecimientos y los consejos, sobretodo porque significaban que sus jefes no querían prescindir de él. Lo fácil habría sido un despido digno, al estilo de “Lo sentimos mucho, pero la coyuntura actual y los mercados nos obligan a tomar esta decisión”, o “Tu situación personal es incompatible con los objetivos marcados por la empresa”. Una cena de homenaje, una reseña en el ABC y vuelta a empezar. Afortunadamente, nada de eso pasó. Pero él sabía que no podría continuar así mucho tiempo. Su salud se resentía, y en Palma no había suficiente volumen de trabajo como para que la empresa se permitiera el lujo de mantenerlo en un despacho.

Volvió a Madrid a finales de Agosto. Su hermana Arsenia le telefoneó para decirle que su padre se estaba muriendo. Don José había muerto en vida mucho tiempo antes, pero su cuerpo no se decidía a marchar. Ahora parecía que, por fin, el momento había llegado. No tuvo más remedio que tomar un avión y regresar a su casa de Ciudad Lineal, volver a reencontrarse con el pasado. Se alegró de ver a su hermano Joaquín. Disfrutó y lloró de emoción abrazando a su hermana Arsenia. Sintió ver a su padre apagándose como una cerilla. Y, sorprendentemente, no le disgustó respirar el aire de Madrid. En el fondo de su corazón, lo echaba de menos. Incluso la encontró más bonita y cuidada, algo más recuperada de sus terribles heridas de guerra. Veintiocho de Agosto de 1947. Aquella tarde hacía un calor insoportable, que convertía en un auténtico suplicio cualquier movimiento de la maldita pata de palo. Mi abuelo puso la radio. “El famoso torero Manolete ha sufrido una terrible cogida en la Plaza de Toros de Linares. Los médicos han procedido ha realizarle una transfusión de sangre en la misma enfermería de la Plaza, y confían en su recuperación”. A pesar de los dolores de la pierna, fue a contárselo a su agonizante padre, gran aficionado taurino y vehemente admirador de Manolete. Su hermana Arsenia le paró en la puerta de la habitación. “Pepe, no te va a escuchar. Papá se está muriendo. Mejor llama al cura y ponte a rezar”. Mi bisabuelo murió aquella madrugada. Igual que Manolete. Si acabaron juntos al final de sus vidas, en una nueva plaza, con nuevos retos, solo Dios lo sabe.

Aquella noche nadie durmió en Ciudad Lineal. Los preparativos del entierro, la mortaja, el velatorio. Mi abuelo estaba destrozado por el dolor de la pierna, y decidió descansar un rato con un cognac en la mano. Eso le ayudaría a mitigar los calambres. Sentado en aquel cómodo sillón, se acordó de su hermano Paco. No habían vuelto a saber nada de él, desde que partió hacia México. Eran ya ocho años. Demasiado tiempo, demasiados sinsabores. ¿Estaría bien? Seguro que sí. ¿Por qué no había escrito? Probablemente, para no comprometerles. Paco era aún un personaje buscado por la policía franquista, y él siempre había sido consciente de ello. No podía complicar más aún la vida de su familia. De repente, sonó el timbre de la puerta. “¿Quién será a estas horas?”, pensó mi abuelo. Se levantó y abrió la puerta. No podía salir de su asombro... Su hermano Paco estaba allí, exactamente igual que el día en que se despidieron.

Los dos hermanos se fundieron en un abrazo. A mi abuelo le desaparecieron los dolores, era como si la pata de palo se hubiera convertido en pierna de carne y hueso. Paco llevaba un traje impecable, de corte perfecto, y lucía jovial, elegante, con el mismo brillo en los ojos que en tiempos de la República. “Paco, estás...Estás...Cómo me alegro de verte. Por ti no ha pasado el tiempo. Tienes que contarte muchas cosas de México, de tu vida...¿Cómo no nos has avisado de que venías? ¿No has tenido problemas? Paco, cuánto te he echado de menos”. Mi abuelo volvió a abrazar a su hermano y empezó a llorar. En cuanto Paco lo notó, se separó suavemente y lo cogió de la mano. “Pepe, déjate ahora de sentimentalismos, que nunca vas a cambiar... Ven, tienes que mostrarme Madrid. Hace mucho que no estoy aquí y sabes que yo lo echo mucho de menos. Vamos a pasear”. Se montaron en un precioso coche con chófer que había llevado a Paco hasta el chalet de Ciudad Lineal. Bajaron por López de Hoyos hasta el Paseo de la Castellana, llegaron a Recoletos, bordearon Cibeles para subir hasta la Puerta de Alcalá, recorrieron el Parque del Retiro, pasaron por Atocha y el Paseo del Prado, volvieron a saludar a la Cibeles para encarar la calle de Alcalá y llegar a la Puerta del Sol. Allí descendieron del coche y pasearon por la calle Arenal, el mercado de San Miguel, la Plaza Mayor... Entraron al Teatro de la Latina y asistieron a una representación de la zarzuela “La del soto del parral”, igual que habían hecho en marzo de 1927. El éxito fue clamoroso, pero Paco no quiso quedarse a celebrarlo con los innumerables amigos que encontró en el teatro. “Pepe, tengo que encargarte algo, y casi no queda tiempo”. Volvieron a montarse en el coche, encararon la Ronda de Toledo y, tras pasar por delante del Palacio Real y la Plaza de España, comenzaron a subir por la Gran Vía muy despacio. El coche levantó su capota, automática, y les dejó respirar de frente el aire fresco, tremendamente fresco, de Madrid. “Esto es lo que de verdad echo de menos, Pepe. El aire de Madrid. El aire de la Gran Vía. Sé que mi exilio en México será más soportable si eres capaz de transmitirme este aire con tus palabras. Dime qué pasa por las aceras de la Gran Vía. Qué estrenan en el Teatro Capitol. Cómo visten las chicas por Callao. Cuéntame Madrid, Pepe. En tus manos lo dejo”. De repente, una alcantarilla explotó al paso del coche, y mojó la pierna derecha de mi abuelo, la auténtica... Aquello le hizo despertar. El cognac había mojado su pierna, y la copa rodaba por el salón sin romperse. Paco no estaba, ni volvería a estar nunca en Madrid. Pero aquel sueño le ayudó a ver, claramente, que su sitio volvía a estar en Madrid.

Durante el Funeral de su padre, mi abuelo ya había tomado la decisión. Volvería a Madrid. Lo necesitaba su hermana Arsenia. Lo necesitaba su hermano Paco, con quien contactaría como fuera. Lo necesitaba él. Después de finalizar varios asuntos pendientes en Palma, entre ellos finalizar la famosa obra de Porto Pi, con inauguración del Generalísimo Franco incluida, mis abuelos regresaron a su casa de Madrid en Junio de 1948.
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por francgain el Mar 13 Sep 2011, 21:19

bueno...ésto parece que vuelve a la normalidad poco a poco!!!
Adelante Fernandito, la próxima para cuando???? Alegria 2
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Mar 13 Sep 2011, 22:53

Gracias Fernando...esto SÍ Alegria 2 (que los chistes es mejor que lo dejes como Aznar con el catalán: para la intimidad Je )
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Miér 28 Sep 2011, 16:03

POSGUERRA, 1949. Viva México

Llegó temprano a su casa en la Calle Cuernavaca, en el céntrico barrio de Colonia Condesa, en Ciudad de México, con la idea de escribir definitivamente la maldita carta. La casa era un precioso chalet de dos plantas, pero con arquitectura más bien de casa de pueblo… Una casa colonial sencilla, nada que ver con la magnífica casa familiar de Ciudad Lineal, en Madrid. Pero decir eso era de “gachupines”, qué se habría creído él, que había llegado a aquel país con una mano delante y otra detrás, gracias a la generosidad del pueblo mexicano, personalizada en su Presidente Lázaro Cárdenas. Vivía en uno de los mejores barrios de México D.F., tenía un puesto de trabajo respetabilísimo en el Banco Capitalizador de Ahorros y una mujer estupenda. Francisco de Cantos Abad se había casado en 1946 con Amparo Cenzano Cubillas, también exiliada española. Lo tenía todo para ser feliz. Salud, dinero, amor, trabajo, paz, democracia, progreso… No era feliz. Nunca más volvió a ser feliz. Eso era algo que había olvidado hacía ya mucho tiempo, y que no podría recuperar hasta que no regresara a España.

“No, no…” Rompía una y otra vez las hojas de papel en las que garabateaba un inicio de carta. No sabía cómo empezar, cómo presentarse ante su hermano Pepe más de diez años después de su último contacto. ¿Por qué tanto tiempo? ¿Por qué no escribió antes? Tantos motivos, todos tan razonables… Todos tan absurdos. Empezaba la carta diciendo “Queridísimo Pepe, espero que estéis todos bien”. No. A la basura. ¿Y si no estaban bien?¿Y si los habían represaliado? “Queridísimo Pepe, os echo tanto de menos”. No. Papel hecho añicos. ¡Pues sí que se ha notado, le reprocharían, después de diez años de silencio! “Queridísimo Pepe, no he escrito antes por miedo a que os perjudicara mi trayectoria política”… Esto tiene más sentido. Al fin y al cabo, él era un hombre perseguido por el franquismo, republicano, rojo, político y masón. Tenía todas las papeletas, y si su familia se hubiera escapado de la represión, una carta suya podría haberles delatado. No, no, no. Peor, a la hoguera con esa idea. Si de verdad iban a espiar el correo, sería estúpido darles motivos por escrito. Se levantó de su despacho y encendió un cigarrillo. Paseó en círculo por la habitación. “Pepe, si supieras lo que os necesito… Si supieras por lo que he pasado…”

Cuando el barco en el que salió de Francia atracó en Veracruz, en 1939, mi tío Paco ya tenía claro que su futuro iba a ser muy distinto al que había proyectado años atrás. Durante la travesía estuvo meditando mucho, casi no hablaba con nadie. Probablemente, cayó en depresión. Mientras sus compañeros organizaban todo tipo de actividades, charlas culturales sobre México, recitales de poesía, obritas de teatro, serenatas musicales, Paco se pasaba horas enteras en popa. Por las mañanas, veía amanecer. Por las tardes, sólo contemplaba el mar. Quería sentir el olor de España, ese maldito país que se encontraba cada vez más lejos. Ese país que, maldita sea, era el suyo. Ese país por el que estuvo a punto de dar la vida, ese país que ya no le quería. No. Eso no. El era español y España anidaba en su corazón. Era la política la que había corrompido todo, la que había destrozado su vida y la vida de todos los españoles, de un bando o de otro. Juró para sus adentros que nunca más hablaría de política. “Paco, tenemos una reunión del Comité. Tienes que estar presente”. Ya en el barco hubo reuniones políticas, con el fin de reorganizar el partido en el exilio. Izquierda Republicana. Una mierda. Mi tío no acudió, lo que le costó ciertas enemistades e incomprensiones. El partido se reorganizó, y tuvo cierta relevancia no solo en México, sino en diversos países de Sudamérica. Llegaron a publicar un periódico-panfleto ciertamente digno, entre 1944 y 1959. Hubo reuniones interesantes en el Ateneo Salmerón y en el Colegio de México, originariamente Casa de España, entre otros lugares de la capital mexicana, a las que sí asistió mi tío. Pero de oyente. Ni se involucró en el “nuevo” partido ni participó en las discusiones, que frecuentemente enfrentaban a republicanos de un bando con republicanos de otro bando. Que si el SERE es realmente el único movimiento que nos ha ayudado, que si el JARE está lleno de bandidos y traidores, que si Giral arriba, que si Giral abajo… Nada de eso atraía ya a mi tío Paco. Ni siquiera se inmutó cuando un español, quizá conocido de vista, asesinó a Trotsky en el barrio universitario de Coyoacán, que tanto solía frecuentar.

Pero no desertó de sus ideales, ni mucho menos. Ni de la herencia recibida de su padre. La escuadra y el compás le acompañaron, secretamente, hasta su muerte. Probablemente a ello le deba su suerte en México, y la rapidez con la que consiguió un buen trabajo en un Banco. México es un país donde la masonería arraigó profundamente desde el siglo XVIII, y que acogió espléndidamente a sus compañeros españoles. Hay constancia de que en 1947 ya ocupaba un gran cargo dentro del Supremo Consejo del Grado 33 de la masonería exiliada española, como Gran Cap.´. de Guar.´. En España había llegado a ser Consejero del Gran Consejo Federal Simbólico del Gran Oriente Español. Quizá esto fue lo que mantuvo su cuerpo con vida hasta 1966.

Muerto en vida, como su padre. Porque mi tío murió mucho antes que su cuerpo. Murió en 1939, cuando abandonó España para no volver. Lo intentó varias veces, en vano. Sabía que no se lo permitirían. Esperó a que el mundo derrocara a Franco, pero este no lo hizo. Esperó a que surgiera una revolución interna, pero esta no ocurrió. Esperó a que Franco muriera, pero no lo hacía el jodío. Nada de lo que tuvo en México le devolvió las ganas de vivir. Ni la fortuna que amasó en México, el maravilloso país que tan generosamente acogió a miles de exiliados, ni su nueva familia, ni los grandes amigos que hizo allí. Nada valía más que haber podido pasear, una vez más, por su querido Madrid.

A mi abuelo le temblaban las manos cuando recibió aquella primera carta, la primera de muchas. Tantas como una al mes, desde aquella primera misiva con extraño remite de la “Librería de Cristal”, Alameda Central, Colonia Centro, Ciudad de México… Ya sabía de quién era antes de abrirla. Le contestó ese mismo día, con la misma emoción con la que se cartearon durante diecisiete años. Mi abuelo le contaba cómo cambiaba su Madrid: los nuevos comercios, las obras, los edificios que desaparecían… Mi tío imaginaba “su” Madrid a través de las cartas de mi abuelo, y le contaba lo bien que se vivía en México. También intercambiaban fotos, pero no muchas. Mi tío Paco no tenía humor ni para hacerse fotografías. Envió una del día de su boda, y parecía más un funeral que otra cosa. Envejecido, delgadísimo y sin una triste nota de alegría en su cara. No tuvo hijos, por lo que le reconfortaba cada noticia que mi abuelo le contaba sobre Pilarín y Mari Tere. A veces les enviaba regalos, incluso dinero. Las quería con locura, casi sin conocerlas. “Paco, te voy a contar una anécdota muy graciosa de Mari Tere”, le escribía mi abuelo. “El otro día vino a casa muy contenta, diciendo ‘Ya sé hacer cocido, me han enseñado las monjas’. Su madre y yo nos dispusimos a escucharla, y comenzó con la receta: ‘Primero, se ponen las lentejas a remojo…’ Imagínate las risotadas de Pilar y mías. Creo que aún tiene que aprender algo más”.

“Queridísimo Pepe: Tus cartas son lo mejor que puedo tener en este rincón del mundo. Gracias a ti paseo por Madrid y disfruto de mis sobrinas. Gracias a ti saboreo las violetas que tanto le gustan a Arsenia, y arreglo el jardín de papá. Pobre papá, cómo le entiendo cada vez más… Amparo os manda muchos besos, está deseando conoceros. Un día de estos os damos una sorpresa y aparecemos cantando mariachis por la calle de la Bola. Un abrazo muy fuerte. Viva España. Viva México.”
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por ctpap el Jue 29 Sep 2011, 22:45

Muy bueno Fernando, deberías sacar un libro, es muy interesante...
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Ventimiglia el Jue 29 Sep 2011, 23:19

ctpap escribió:Muy bueno Fernando, deberías sacar un libro, es muy interesante...

Lo suscribo. Al 100%
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Jue 29 Sep 2011, 23:38

Y yo al 100 a la enésima potencia!!! Alabar Alabar Alabar Alabar Alabar
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Vie 30 Sep 2011, 12:13

Muchas gracias por los comentarios.
Solo me quedan tres "entregas" (que ya las tengo pensadas, lo que me falta es tiempo para escribirlas), ya veremos qué hago después...
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Miér 05 Oct 2011, 20:24

Posguerra, 1950-1953- Canal de Isabel II


Les costó mucho volver a aclimatarse a Madrid. La vida plácida, dulce, serena de Mallorca quedaba atrás. Es cierto que el estado físico de mi abuelo no les había dejado otra salida, sabían de sobra que prolongar la estancia en Palma era inviable. No había trabajo para un “ingeniero cojo”, a diferencia de lo que pasaba en Madrid. La empresa Dragados se estaba portando muy bien, y mantendría las condiciones económicas que disfrutaban, realizando trabajo de oficina. Estudios, proyectos, cálculos… Mi abuelo no volvería a trabajar “a pie de obra”, pero seguiría ejerciendo de ingeniero, aunque el Régimen no le reconociera el título. Tendrían que pasar muchos años más para que esto sucediera, a pesar de que le condenaron a diez años de inhabilitación, en 1939. “Ya, pero es que Usted es hermano de Francisco Cantos, y eso pesa mucho…” No recuperó oficialmente el título hasta 1958. Afortunadamente, no le hizo falta.

En 1950, Palma seguía siendo un pueblo grande, y Madrid una gran ciudad. Al menos, demográficamente hablando. Pero mis abuelos volvieron a ser “rojos”, y mi madre y mi tía volvieron a ser “hijas de rojo”. Aquel maravilloso anonimato insular, aquella máxima mallorquina de “vive y deja vivir” no existía en la Villa y Corte. Volvían a sentir la indiferencia de los Marqueses de Bédmar, el desprecio de los Ramos… Y la carestía de alimentos, las cartillas de racionamiento, los edificios derruidos, las personas que deambulaban por la Gran Vía con la mirada perdida, el miedo de cruzarse con algún grupo de falangistas que te obligaba a pararte y –brazo en alto- gritar “Arriba España”… Más una sutil diferencia, para Pilarín y Mari Tere: cuando estas niñas abandonaron aquel Madrid rumbo a Palma, tenían diez y ocho años, respectivamente. En 1950 ya tenían dieciséis y catorce años. Sus vidas y sus cuerpos estaban empezando a cambiar, mientras Madrid apenas se desesperezaba y lamía sus heridas de guerra. No era de extrañar que aquel cambio brutal entre Palma y Madrid fuera doblemente duro para las niñas.

Notaron la diferencia hasta en el colegio. En Palma eran alumnas del Colegio del Sagrado Corazón, el más reputado y exclusivo de toda la isla. Ingresaron sin dificultad, como hijas del Ingeniero que iba a realizar las obras de Porto Pi. Pero en Madrid… Mi abuela hizo las gestiones pertinentes para que fueran al Colegio del Sagrado Corazón de Rosales, pero las monjas denegaron la solicitud. No tenían suficiente “pedigree”, además de un pasado oscuro. Hubo que suplicar a la Madre Superiora del Colegio de Palma que intercediera ante la de Madrid, para lograr la admisión de las niñas, cosa que finalmente ocurrió. Mi madre tendría por compañeras de clase a la hija de los Condes de Guaqui, la hija de los Marqueses de Urquijo, o niñas de las familias más adineradas de Madrid, como los Zabala, Abelló, Araco, Cuatrecasas, o hijas de Ministros o personajes influyentes de la época, como Martín Artajo, Arana… A pesar de todas ellas, o quizás gracias a ellas, mi madre siempre fue una niña sencilla que nunca tuvo aires de grandeza ni enseñoramientos. Sabía de dónde venía y lo que había costado llegar hasta allí. No entendía las diferencias entre “Madres” (monjas procedentes de familias ricas) y “Sores” (monjas procedentes de familias pobres, dedicadas a servir a las monjas ricas), ni por qué ella y sus amigas estudiaban separadas de las niñas “internas”, hijas de familias descarriadas o sencillamente humildes, que tenían que dar gracias a diario por recibir educación gratuita en aquel colegio, debido a la magnanimidad, generosidad y caridad de las Madres, las familias del resto de alumnas, de Franco y de Dios. Arriba España.

Pero a todo se acostumbra uno, y poco a poco Madrid volvió a penetrar en la epidermis de toda la familia. Lucía y María echaban de menos la variedad de pescados y verduras del mercado del Olivar, en Palma, pero a cambio recuperaron antiguas amistades y comprobaron con ilusión que habían abierto nuevos comercios en el barrio, algunos de ellos de recuerdo imborrable hasta hace bien poco, como la tienda de Ultramarinos de Fausto, en la Calle de la Bola. Mi tío Perico recuperó su rutina diaria de visitar los cafés de Gran Vía y copiar en su libreta las noticias más interesantes de la prensa diaria. Mis abuelos iban al teatro, al cine, a conciertos, con mucha más asiduidad que en Mallorca. La oferta cultural de la capital de España iba recobrando esplendores pasados, aunque tamizados por la censura. No faltaban zarzuelas, revistas o espectáculos circenses que animaran a la familia Cantos, tan proclives todos ellos a evadirse por unas horas de la tristeza de la vida diaria. Pero esto no era exclusivo de los Cantos. A pesar de la miseria y carencias del Madrid de los años cincuenta, es posible que el teatro en general, y la zarzuela y la revista en particular, vivieran su época dorada durante aquellos años. Los teatros estaban a rebosar, triunfaban en zarzuela como auténticas estrellas Antón Navarro, Marcos Redondo o María de los Angeles Morales; en teatro Conchita Montes, Lili Murati, las hermanas Caba Alba o Antonio Vico; en revista la grandísima Celia Gámez o Queta Claver… Mi madre recuerda con especial cariño a la “Compañía de Revistas de Viena”, que tuvo tanto éxito en España que sus principales artistas acabaron afincándose en Madrid, y realizando uno de los primeros programas de televisión a finales de los cincuenta. Hablamos de Arthur Kaps, Franz Joham y la archifamosísima y aclamadísima Hertha Franklin y sus muñecos.

El enamoramiento definitivo entre Madrid y mi madre tardó un poco más. Al principio no hacía más que comparar, y lloraba recordando Mallorca. Hizo grandes amigas en el Colegio del Sagrado Corazón, y se adaptaba poco a poco a la gran ciudad. Pero lo que definitivamente le conquistó fue el Club Recreativo de los canales de Isabel II. Era un Club deportivo creado para Ingenieros de Caminos, aunque no era un requisito indispensable para ser socio. Los empleados de Dragados, Ingenieros en su mayoría aunque no fueran reconocidos oficialmente, también tenían acceso. Competía en instalaciones y prestigio con el Club Santiago, el otro gran club “de élite” del Madrid de la época. Ambos contaban con pistas de tenis, campo de fútbol, pistas de baloncesto, pistas de patinaje y piscinas, además de salones sociales, vestuarios, solariums… Todo con estrictas normas de comportamiento y decoro. Si bien como cosa excepcional estaba permitido el “baño mixto” (esto es, que mujeres y hombres compartieran piscina, algo sumamente extraño en aquella época), estaba estrictamente prohibido tomar el sol en la misma zona. Había solarium de hombres y solarium de mujeres. Y, por supuesto, la práctica de deportes también estaba separada, excepto en tenis. Pero todas esas normas pazguatas no eran inconveniente para que mi madre se sintiera feliz en aquel club. Sentía ciertas dosis de libertad, podía respirar un aire menos viciado que el de su barrio y vecinos, y tenía amigas menos estiradas que las del Colegio. Y amigos. En 1951 Mari Tere tenía quince años y no le faltaban “pretendientes”, palabra cursi que –traducida a español- podría entenderse como “chicos en plena efervescencia adolescente deseando pescar chica”… Ummm, mejor lo dejamos en “pretendientes”.

1951 es un año especial para mi existencia. Dentro de las conjeturas, probabilidades y azares diversos de la vida, marca el inicio de una serie de catastróficas (o no) casualidades que hicieron posible que mis hermanos y yo estemos aquí. Quién iba a pensar que Mari Tere, nieta e hija de republicanos de izquierda, nacida en Madrid pero “exiliada” en Mallorca y sin ganas de volver a la capi, aunque profundamente amante de Madrid, se iba a enamorar de… José Antonio, nieto e hijo de monárquicos de derecha, nacido en Madrid pero canario (canarión) por los cuatro costados, recién llegado a la capi muy a su pesar, una ciudad a la que nunca se acostumbrará y que nunca llegará a amar… No fue un flechazo a primera vista. Y si lo fue, mi madre no se enteró. Porque los cuatro hermanos canarios que “revolucionaron el patio” del Club del Canal el verano de 1951, recién llegados de las islas, eran muy tímidos. Ese verano arrasaron en las competiciones de natación, los chicos les observaban con recelo y las chicas (entre ellas, mi madre) los admiraban entre risas y miradas veladas.

Pero no cruzaron palabra hasta…1952. Hay que ver qué difícil hacen algunos las cosas. Y eso que la esperanza de vida era más corta que ahora. Ganas de complicarse, oiga. De hecho, mi padre no se atrevió a “declararse” (otra palabra cursi ya en desuso, como la de “pretendiente”. Pero, dado el éxito, prefiero no traducir) a Mari Tere hasta el día en que ella cogía un tren con su familia hacia Torrevieja, el 1 de Agosto. Y lo hizo por carta. Y ella la recibió cuando llegó al pueblo de su madre. Qué romántico… Mari Tere no respondió. Estaba asustada, a sus dieciséis años ya había tenido más de un “pretendiente” (es que no me sale otra palabra, leñe) pero ninguno tan serio y formal. Cuando regresó a Madrid, José Antonio la estaba esperando. Pero “recibió calabazas” (¿Otra expresión cursi? No, esta vez no… El carácter “negativo” de la calabaza viene desde tiempos de los griegos, y en la Cataluña rural existía la tradición de ofrecer calabaza al “pretendiente” no aceptado por la familia. Si era aceptado, le ofrecían tabaco). José Antonio no se amilanó, y como dicen que el que sigue la consigue… Recibió un “sí”, quizá por aburrimiento, el 29 de Noviembre de 1952, durante la fiesta de “puesta de largo” de Pilarín. ¿”Puesta de largo”? Sí, otra cursilada de la época.

Así comenzó el noviazgo de mis padres, durante la época más cursi y ñoña de la Posguerra española. Pero una sutileza trastocó los planes de mi madre. Con diecisiete años recién cumplidos, una tarde del tórrido verano de 1953. Después de aquello, ya no sonreía, dejó de comer. No quería salir de casa, no quería ver a José Antonio. “Hija, ¿qué te pasa?”, le preguntó mi abuela. “Mamá, creo que estoy embarazada.”
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por ctpap el Miér 05 Oct 2011, 22:00

Muy bueno como siempre Fernando, me gusta mucho, por cierto que Herta Frankel y sus marionetas estuvieron a punto de actuar en Cartagena en 1965.
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 18 Oct 2011, 16:40

Posguerra 1954,1959- Al fin Cartagena

Es más fácil romper que crear. Derramar que guardar. Destruir que construir. Por eso el período de posguerra suele ser mucho más largo y penoso que el de la propia guerra. Mucho más duro y difícil para la sufrida población civil, que sólo busca llevar una vida medianamente digna, y dejar a sus descendientes un mundo mejor que el que ellos recibieron. ¿Cuándo acabó la Posguerra Española? No es una pregunta fácil de contestar. Para muchos, es un tema terapéutico: una posguerra acaba cuando las heridas producidas por la guerra han cicatrizado totalmente. Para otros, es un tema económico: finaliza cuando los principales índices macroeconómicos del país recuperan niveles anteriores a la contienda. Pero la posguerra particular, la que cada uno sufre en su casa, con su familia, con sus vecinos… Esa tiene tantas fechas de finalización como circunstancias personales existen. Hay algunos que superaron esta fase en el mismísimo año 39, quizás en 1940 para no exagerar, gracias a la heroica Victoria de los suyos. No tuvieron privaciones, y en su entorno todo eran parabienes. Es verdad que fueron pocos. Hay muchos más que alargaron su posguerra particular hasta bien entrados los setenta. Quizá los ochenta. También hay otros pocos que pretenden alargarla hasta nuestros días, levantar las costras de las heridas y reabrir las cicatrices. Personalmente, creo que la posguerra acabó cuando los niños de este país dejaron de protestar al ver a sus madres separar las piedras de las legumbres, temiendo repetir la misma comida de todos los días. “Lo siento Pepito. Son lentejas, o las tomas o las dejas. Si hubieras pasado el hambre que pasé yo en guerra…”

Al margen de cuestiones personales, hay ciertas fechas que pueden indicar, de una manera más o menos objetiva, el fin de la posguerra:
•1947: Cierre del último Campo de prisioneros de guerra, situado en Miranda de Ebro (Burgos).
•1952: Se decretó el fin del racionamiento y de las famosas cartillas. Se hizo efectivo el 1 de Abril.
•1953: Se firma el Acuerdo de Colaboración con Estados Unidos. Empiezan a entrar productos y ayudas del “amigo americano”, a cambio de la instalación de sus bases militares.
•1954: España, con el firme apoyo de Estados Unidos, es admitida en la ONU. Se supera, además, el nivel de renta anterior a la Guerra.

¿Podemos decir, entonces, que 1954 es el año definitivo del Fin de la Posguerra? Decididamente, no. España seguía siendo un país atrasado, que pasaba hambre, con multitud de heridas sin cicatrizar y con una angustiosa falta de libertades y derechos. Las consecuencias de aquella horrible Guerra se hicieron notar muchos, muchísimos años más. Al menos para la mayoría de la población, que seguía sin poder decidir si quería comer lentejas o no.

Para Don Luis da Casa Calzada y Doña Carmen Ayuso Sánchez-Molero la posguerra, sin embargo, acabó mucho antes. Ya en Las Palmas gozaron de una vida placentera y privilegiada, que aumentaron si cabe con su regreso a Madrid en 1951. Siendo los dos madrileños, era la primera vez que vivían juntos en la capital. Comenzaron su vida conyugal en Tetuán, capital del Protectorado Español de Marruecos, ciudad en la que se conocieron en los años 20. Luego vino el traslado de mi abuelo a Las Palmas, ya en tiempos de la República. Eso sí, sus cuatro hijos nacieron en Madrid, faltaría más… Mi abuela se trasladaba a la Capital poco antes de la fecha prevista para el nacimiento, que eso de parir en provincias era peligroso y… cateto. Mi madre, años después, copió el modelo, hasta que llegué yo antes de tiempo y le estropeé los planes. No debí salir demasiado mal cuando decidió que mis hermanos menores también nacieran en Cartagena. Pero hablábamos de la posguerra de mis abuelos paternos. O de la “No-posguerra”. Probablemente, pertenecían al selecto grupo de afortunados que casi no la sufrieron.

Don José de Cantos Abad y Doña Pilar Ballester Bianqui sí sufrieron una larga posguerra. Hambre, humillaciones, sufrimientos… Pero no mayores que muchísimos españoles que, después de 1954, seguían acumulando penalidades que mis abuelos ya no volverían a pasar. Para ellos, quizá, acabó en 1958, cuando devolvieron a mi abuelo los honores de ser un auténtico Ingeniero de Caminos. Como si alguna vez hubiera dejado de serlo.

Pero no debemos olvidar que hasta 1960 la inmensa mayoría del pueblo español no notó una mejoría real en su bolsillo y en su estómago, gracias al Plan de Estabilización aprobado en 1959, que dinamizó notoriamente la economía. Que hasta 1961 estuvo vigente la despenalización del uxoricidio “honoris causa”, reimplantado en el Código penal de 1944: significaba que cualquier hombre estaba autorizado a matar o lesionar a su mujer adúltera y a su amante, si los pillaba “in fraganti”, de la misma manera que también podía matar a su hija menor de 23 años retozando con el novio. Esto, tan cercano en el tiempo, lo recuerda mi madre con horror. El Doctor Ramírez, vecino de su tío Joaquín, atendía a toda la familia por cercanía y cierta amistad. A mi madre le parecía un hombre amable, aunque de apariencia triste y solitaria, hasta que un día su tía Arsenia le contó su truculenta historia: había matado a cuchilladas a su mujer y a su amante, a los que pilló en una pensión del barrio de Lavapiés. Fue absuelto de toda culpa y siguió ejerciendo su profesión como si nada. Mi madre, después de escuchar aquello, se negó a volver a su consulta.

Superada la posguerra o no, la España de 1954 seguía siendo un país completamente anclado en el retraso. Las mujeres no tenían derecho a independizarse hasta los 25 años, a no ser que se casaran o ingresaran en un convento. Cuando se casaban, dependían absolutamente para todo del marido. “Ay, de aquella que se descarriase…” Mi abuela Pilar creía que se moría. Estaba paralizada, le retumbaban en la cabeza las palabras que acababa de pronunciar su hija. “Mamá, creo que estoy embarazada”, había dicho. Diecisiete años. Embarazada. Soltera. En España. En 1954. Definitivamente, se moría. “¡¡Hija!! ¿Qué has hecho?” “Mamá, si yo no quería… Fue un descuido, casi ni me enteré”. Mi abuela hizo un recorrido por toda su vida en menos de un minuto, como dicen que les ocurre a los que ven a la muerte acercarse. Torrevieja, su madre, Lo Vigo, su hermano Perico, el Ingeniero de Madrid, la boda, Madrid, la Academia Cantos, sus hijas, la Guerra, las bombas, el hambre, Mallorca, la pierna, Madrid, Torrevieja, Madrid, los da Casa… No le salía la voz del cuerpo. No sabía qué hacer, cómo reaccionar. Con un tenue hilo de voz, dejando caer su cuerpo sobre un sillón, completamente derrotada, le rogó a Mari Tere que se explicara mejor. “Mamá, ya te lo he dicho, yo ni me enteré. Estábamos en el cine, y en un descuido…”. Un momento. Aquí hay algo que no encaja. “¿Has dicho en el cine? ¿En un descuido? Mari Tere, ¿qué hicisteis exactamente?” “Mamá, yo no hice nada. Fue José Antonio”. Mi abuela, poco a poco, fue recobrando fuerza en su voz. “Mari Tere, déjate de rodeos. ¿Qué pasó exactamente?”. “Mamá… José Antonio me besó en la boca”.” Y…”. “¿Y…?”. Mi madre miró extrañada a mi abuela, comprobando cómo se le iluminaba la cara y empezaba a reírse. Una risa espléndida, alegre, liberadora… ¿No iba a castigarla? ¿No estaba enfadada? Mi abuela se abrazó a mi madre y le acarició el pelo, como pocas veces en toda su vida. Le dio un beso en la mejilla. “No estás embarazada, no te preocupes. Hace falta mucho más que un beso”. Mi madre respiró tranquila, y mi abuela no tuvo más remedio que explicarle, muy ligeramente y de manera metafórica, cómo nacían los niños. Como amigas que se cuentan confidencias, Mari Tere le respondió a Pilar: “Yo me había fijado en que cada vez que papá se acerca para darte un beso, tú le dices Pepe, ahora no, que están las niñas delante, y él te responde ¿Y cómo te piensas que han venido al mundo? Por los besos que te doy”.

Mis padres estuvieron de noviazgo, formal y respetuosísimo, desde 1952 hasta 1960. No se dieron el primer beso “embarazoso” hasta 1953. Después vinieron muchos, pero sólo eso… Hasta el 27 de Abril de 1960, fecha de la boda. Mi hermana Maite, la mayor, nació justo nueve meses después. Mi madre dice que fue tonta hasta para eso. Ahora comenzaba una nueva etapa de su vida completamente diferente, en una ciudad totalmente desconocida para ella, lugar a donde habían destinado a su marido, como Secretario General de la Junta de Obras del Puerto: Cartagena.

Allí, a ojos de mi madre, la Posguerra aún no había acabado.
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Mar 18 Oct 2011, 20:03

Ay Fernando!!! Que ya me duelen las rodillas de no cambiar de postura de tanto alabarte.... Adorar Derecha Adorar Derecha Adorar Derecha
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por MINU el Miér 19 Oct 2011, 09:49

Espectacular Fernando!!! De una sensibilidad exquisita. Tienes una envidiable capacidad de transmitir, pero no únicamente hechos sino sentimientos, sensaciones...

Sobran las palabras...

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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Miér 19 Oct 2011, 10:07

Gracias, gracias... ¿Y ahora qué voy a hacer yo para recibir halagos, si sólo me queda un capítulo?
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por m teresa de cantos el Miér 19 Oct 2011, 12:25

Después de muchos rodeos "has lavado mi honor" En el anterior capitulo lo habías dejado todo en el aire, ya que en aquella ápoca una chica soltera embarazada era un deshonor para la famlia. Yo ya tenía casi 18 años era o muy inocente o muy tonta, según como se mire. !Se te ocurre cada cosa escribir..¡ De todos modos gracias hijo por tu escritos ya que sabes reflejar perfectamente la sociedad de aquellos años y la falta de información que teniamos sobre ciertos temas. aunque en nuestra desinfomación que eramos felices y nos hacía ilusión cualquier a flata a falta de los caprichos que se le dan a los niños hoy en día.
Un beso muy fuerte
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 25 Oct 2011, 17:02

Posguerra, años 60- Adiós

Mi padre se encontraba como pez en el agua. Llegó destinado a Cartagena en 1958, procedente de Pontevedra y Alicante. Y decidió quedarse aquí. Le gustaba la ciudad y le gustaba su trabajo. Se había adaptado de forma rapidísima, y no le había costado hacer amigos. Comía casi todos los días en el Gran Hotel junto a Luis Ruiz, un Ingeniero madrileño que también estaba destinado en esta pequeña ciudad mediterránea. A veces se les unía Angel Ibabe, Práctico del Puerto que procedía de Bilbao. También coincidió con Marcial Arencibia, Químico canario, y con otros muchos que elegían el restaurante del Gran Hotel como sitio de reunión a mediodía. ¿No tenía amigos cartageneros? Claro que sí, pero estos comían en su casa. Si estaban solteros, en casa de sus padres. Y si estaban casados, les cocinaba su mujer. Como Dios manda. ¿No tenía amigas cartageneras? Claro que no, él ya tenía novia y no debía “pretender” ni generar falsas esperanzas. Además, ver a una mujer comiendo sola o en compañía de hombres en un restaurante, en aquella época y en una ciudad pequeña, era más difícil que conseguir la conversión de Rusia. Ha llovido mucho desde entonces, y tanto una cosa como la otra ahora están más que superadas. Quién lo diría.

¿Representaba Cartagena un retroceso en su vida? Claro que no. Cuando mi padre aprobó las oposiciones de Secretario General de Juntas del Puerto lo tomó como “algo provisional”, ya que su aspiración era llegar a ser diplomático. Pero la dulce y calmada vida provinciana de Cartagena, su clima, el mar… Qué diferencia con la ajetreada vida de Madrid, a la que nunca se adaptó. Cartagena era lo más parecido que había encontrado a Canarias en la península, incluso le pareció ver algo de cosmopolitismo en su ambiente, con tanto funcionario e ingeniero procedente de otras partes de España, gracias a la reciente puesta en marcha de la gran industria petroquímica de Escombreras, además de la ya existente Bazán y de la todopoderosa presencia militar. Eran los tres pilares sobre los que se sustentaba la pujante economía cartagenera, que atraía a cientos de familias de todos los rincones de España. Para José Antonio, era el sitio perfecto para formar una familia y vivir razonablemente bien. Alquiló un piso en la Plaza del Lago (en aquella época, Plaza de José Antonio) y pidió formalmente en matrimonio a mi madre.

Mi madre se encontraba como pez en la tierra. Señorita de Madrid, exquisitamente educada, rodeada de hijas de condes y marqueses, que denominaban al resto de españoles con la eufemística expresión de “personas de provincias”. Cuando aterrizó en Cartagena, recién casada, no había frito un huevo en su vida. En cambio, sabía hacer “Pommes Soufflées”, “Gelée aux Fruits” y otras exquisiteces aprendidas en la Escuela de Alta Cocina de José Sarrau, en Madrid. Cuando visitó su piso de la Plaza del Lago, no había planchado una camisa en su vida. En cambio, sabía realizar bordados en "petit point", punto de cruz o de realce. Cuando acudió por primera vez al Mercado de Santa Florentina a hacer la compra, descubrió con horror que los tenderos voceaban la mercancía, y que una mezcla de olores y aguas sucias le hacían marearse y le entraban ganas de vomitar. Cartagena le parecía pequeña, sucia, atrasada, sin encanto alguno. Se pasaba las tardes llorando, ideando la manera de convencer a su flamante marido que aquella vida no era para ellos. Se asfixiaba. Cómo añoraba Madrid. Aquella Cartagena de 1960 suponía retroceder por el túnel del tiempo muchos, muchísimos años.

¿Representaba Cartagena un retroceso en su vida? Claro que… No. Mari Tere había decidido que no, aunque al principio pensara que sí. Veía que su marido era feliz, y que era más fácil que ella se adaptase a esta nueva vida que convencerle para regresar a Madrid. Mis abuelos se habían esforzado hasta la extenuación para que la Guerra Civil y la difícil Posguerra hubieran dejado la menor huella posible en sus hijas, y el éxito había sido rotundo. Tanto, que la vida en la tranquila Cartagena de 1960, donde José Antonio tenía un trabajo más que respetable, reducía las aspiraciones de la siempre risueña Mari Tere, que vio en esta pequeña ciudad unas heridas de posguerra que no había apreciado en su querido Madrid. Quizá lo que a ella le parecían heridas de posguerra no eran tales, sino sencillamente diferencias de desarrollo entre “la Capital y provincias”. De la misma manera que el abismo era muy superior si comparamos la vida de 1960 entre Cartagena y una localidad rural de tamaño medio, pongamos por ejemplo Cieza. Incluso si comparamos la vida de una ciudad costera y, en alguna medida, “cosmopolita” como Cartagena, con la vida de una ciudad de interior y agrícola, como pueda ser Albacete, Badajoz o… la propia Murcia. Las diferencias en la manera de vivir, de relacionarse, el comercio, el ocio y hasta detalles como el vestido, la alimentación o incluso costumbres “cívico-religiosas” hacían que la España de 1960 fueran varias Españas, de distintas velocidades. Es posible que esas desigualdades de desarrollo influyeran en la percepción que la ciudadanía pueda tener de hasta cuándo duró la Posguerra en cada localidad. Cuanto más pequeña y atrasada fuera, más reciente está en el recuerdo. En 2011, en plena era de globalización, con una España en crisis pero desarrollada, las posibilidades y acceso a la educación y avances tecnológicos es prácticamente similar en Madrid y en cualquier pueblo de Soria. En los años sesenta, las diferencias eran insalvables, completamente abismales. Pero el carácter heredado de su padre, afable y optimista, hizo que Mari Tere se fuera enamorando poco a poco de Cartagena, hasta sentirla en su corazón como parte de ella misma. Yo contribuí naciendo aquí, para su propia sorpresa, porque como diría Gila “Cuando nací yo no me esperaba ni mi madre”. Vine al mundo un frío diez de enero de 1967, cuando no debía aparecer en el guión hasta mediados de Febrero. Toda mi ropa, la canastilla y demás enseres de neonato se encontraban a más de cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia de los de entonces, que -aunque parezca mentira- eran muchos más de los de ahora. La comadrona del Sanatorio del Perpetuo Socorro de Cartagena me bautizó nada más nacer, al verme tan esmirriado. Si me viera ahora… Ahora ya no bautizan a los bebés que nazcan con alguna complicación, faltaría más. Eso es un atraso de Posguerra y de los católicos, que ya no tenemos obligación de serlo. Católicos, me refiero. Y desde aquel día, en mi familia tampoco tuvimos obligación de ser madrileños. Detrás de mí vinieron dos retoños más, también cartageneros. Hasta mi madre se volvió cartagenera, y ya no creía que “solo en Madrid” se podía vivir bien. El tener un hijo cartagenero y que no se hundiera el mundo le ayudó a darse cuenta de que, también para ella, había acabado la Posguerra.
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Mar 25 Oct 2011, 19:31

Fernando, Fernando...que se te ha notado que tenías prisa por acabar scratch ...y digo yo ¡a ver sí se anima Doña María Teresa y nos reescribe de su puño y letra este último capítulo contándonos en primerísima personas su vivencia de aquellos primeros años en Cartagena! Cheer

P.D. Esmirriao affraid affraid affraid ¡quien te a visto y quien te ve! Locoo Je Locoo
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por ctpap el Mar 25 Oct 2011, 21:45

Fenomenal como siempre y estoy con Dasten, a ver si Maria Teresa se anima que seguro que tiene muchísimas cosas interesantes que contar, y por barrer para casa es que la Cartagena de los 60 era una ciudad y otras localidades cercanas a 46 kilómetros no Je
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Miér 26 Oct 2011, 12:22

Dasten escribió:Fernando, Fernando...que se te ha notado que tenías prisa por acabar scratch

¿¿¿Prisa??? El hilo se llama "Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil"...¡¡¡Y he acabado en 1967!!!

Dasten escribió: P.D. Esmirriao affraid affraid affraid ¡quien te a visto y quien te ve! Locoo Je Locoo

umm Lo dirás por lo GUAPO que soy, ¿verdad?

Yo también te quiero... :beso:
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Miér 26 Oct 2011, 21:28

Fernando escribió:
Dasten escribió:Fernando, Fernando...que se te ha notado que tenías prisa por acabar scratch

¿¿¿Prisa??? El hilo se llama "Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil"...¡¡¡Y he acabado en 1967!!!

Dasten escribió: P.D. Esmirriao affraid affraid affraid ¡quien te a visto y quien te ve! Locoo Je Locoo

umm Lo dirás por lo GUAPO que soy, ¿verdad?

Yo también te quiero... :beso:

Desde el cariño que nos profesamos Je Fernando, Fernando No puede ser ¡¿cómo que no te lo has ventidalo con prisa!?...¡pero sí apenas hemos podido disfrutar de los primeros años de Doña María Teresa en Cartagena! affraid Vaaamos!!! Con lo que a mi me gustaría que nos contara todos los intrigulis de aquella sociedad cartagenera...que seguro que daban para otro hilo completito, completito Alegria 2 ...y tú vas y te nos plantas en 1967...no hijo, no!!! eso es ventilar muuuuu rápido Suspect que estas cosas nos gustan con tranquilidad y saboreándolas Alegria 2
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por francgain el Jue 27 Oct 2011, 05:37

Fernando escribió:
Dasten escribió:Fernando, Fernando...que se te ha notado que tenías prisa por acabar scratch

¿¿¿Prisa??? El hilo se llama "Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil"...¡¡¡Y he acabado en 1967!!!

Dasten escribió: P.D. Esmirriao affraid affraid affraid ¡quien te a visto y quien te ve! Locoo Je Locoo

umm Lo dirás por lo GUAPO que soy, ¿verdad?
Yo también te quiero... :beso:

Guapo tu????? Golpe contra Muro Golpe contra Muro hay que joerse con er neniko!!!!!! pero si te ha dicho que eres un esmirriao!!!! Mucha risa Mucha risa

P.D: claro que eso demuestra que nunca se ha fijado en er neniko y no ha visto su barriga tocino-cervecera. (ahora vendrá el chiste fácil)


Última edición por francgain el Sáb 29 Oct 2011, 05:28, editado 1 vez
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Vie 28 Oct 2011, 19:45

Chiste fácil, chiste fácil... Por culo

Que este Hilo es para hablar de la GUERRA CIVIL, señor Comandante!!!

Déjese de chistes fáciles y de ENVIDIAS, y cuente algo de su "experiencia personal", que edad tiene para ello... Ctpap
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Vie 28 Oct 2011, 21:07

Fernando escribió:Chiste fácil, chiste fácil... Por culo

Que este Hilo es para hablar de la GUERRA CIVIL, señor Comandante!!!

Déjese de chistes fáciles y de ENVIDIAS, y cuente algo de su "experiencia personal", que edad tiene para ello... Ctpap

Ahí va, lo que le ha dicho!!! affraid affraid affraid
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por francgain el Sáb 29 Oct 2011, 05:46

Fernando escribió:Chiste fácil, chiste fácil... Por culo

Que este Hilo es para hablar de la GUERRA CIVIL, señor Comandante!!!

Déjese de chistes fáciles y de ENVIDIAS, y cuente algo de su "experiencia personal", que edad tiene para ello... Ctpap

Cierto Fernandito, son años en los que acaecieron tantas cosas (como a cada kiski) que se podrían escribir varios libros o uno muy gordo, y sí que tienen que ver con la guerra y.... con otros temas escatológicos que levantarían ampollas entre el personal, temas nada populares (enseguida saldrían a relucir las descalificaciones), por tanto... prudencia es mi lema Lolo
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Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por m teresa de cantos el Lun 31 Oct 2011, 11:08

Mi hijo me ha insistido en que escriba sobre mis vivencias personales en Cartagena. No voy a contar cosas desagradables o que afecten negativamente a personas que conozco, pero espero que os guste.
Como ya no tiene nada que ver con la guerra, Fernando me dice que lo haga en otra parte del Foro, dedicada más a Cartagena y a anécdotas.
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