Foro Cartagena
¡Bienvenidos a Cartagena!

Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Página 3 de 4. Precedente  1, 2, 3, 4  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Jue 30 Dic 2010, 13:28

Vale...
Me pongo ahora mismo a ello. Pero tengo que advertir que voy a cambiar lugares, nombres y a "hacer literario" el próximo post, porque me arriesgo a cadena perpetua, y hay muchos detalles de los que no tengo pruebas, solo suposiciones...

Así que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Jue 30 Dic 2010, 15:22

VERANO DE 1938

Mi abuelo seguía con labor reconstructora de caminos y puentes, por lo que pasaba más tiempo fuera de Madrid que en la ciudad. La verdad es que eso le revitalizaba, y le hacía olvidar las miserias y penurias que se veían a diario por las calles. Edificios derruidos, otros sin cristales, madres harapientas con sus niños mendigando, sirenas que anunciaban peligro… La España rural daba otra imagen. Pobre, atrasada, también hambrienta y mísera, pero los efectos de la Guerra parecían suavizados.

A simple vista.

Porque la “España a garrotazos” que describió Goya seguía viva. Más viva que nunca. Y en los pueblos de esa España profunda fue donde más afloraron los sentimientos de envidia, celos y rencor tan propios del carácter español. La Guerra fue una excusa para que las familias sacaran los trapos sucios a relucir. Para que unas vecinas denunciaran a otras. Para destrozarse entre ellos sin necesidad de bombas ni carros de combate. Madrid, Guernica, Cartagena, Santander… Hay muchos ejemplos de ciudades devastadas por la Guerra, el fuego de artillería y los bombardeos. Pero la pesadilla que se vivió en la España rural fue, probablemente, mucho peor y más cruel. Porque duró mucho más. Porque no tenía el anonimato de un obús. Porque los muertos tenían asesinos con nombre y apellidos, la mayoría conocidos de toda la vida. Porque la posguerra duró en el campo hasta los años setenta, veinte años más que en las ciudades. Una posguerra de miedos, rencores y envidias. Y esa fue la “otra Guerra” que mi abuelo conoció, a través de relatos que le fueron contando por aquellos pueblos perdidos. Historias de una crueldad infinita. Historias de España.

Cuando mi abuelo llegaba a casa, lo primero que hacía era asearse. Quitarse el polvo de los caminos y el sudor del trabajo. Refrescarse después de un duro día de sol castellano, donde el canto de las cigarras aportaba una falsa apariencia de paz y tranquilidad. Era un rito purificador, como si quisiera limpiar su cuerpo y su mente de las experiencias diarias. El siempre había sido un hombre muy extrovertido, que gustaba de mezclarse con la gente del lugar y escuchar sus problemas cotidianos, conocer las rutinas diarias de la gente sencilla. Y este trabajo fuera de Madrid le proporcionaba momentos libres en los que charlar con los lugareños. Al principio, eran desconfiados y reacios a mostrarse en su sencillez ante el señorito de la capital, pero con el paso del tiempo se iban abriendo… Ese fue el error de mi abuelo, porque a partir de entonces no podía dejar de pensar en las historias tan atroces que fue acumulando en su memoria. Algunas de ellas las contaré, pero no ahora. Ahora hablaré de otra historia que ocurrió aquel verano, y que le ayudó a desconectar de estas otras historias que le estaban minando el cerebro. Más bien, del final de una historia que empezó diez años atrás.

El 24 de Julio de 1938 el ejército republicano lanza la ofensiva del Ebro, en un desesperado intento de reunificar Cataluña con el resto de zona republicana. Esto conllevó una concentración de fuerzas en la zona, que convirtió en secundaria cualquier otra actividad, por ambos bandos. La actividad de mi abuelo no fue ajena a ello, por lo que pasó más tiempo en despachos de Madrid que realizando tareas de campo. Uno de aquellos días de Agosto, pasando por la Calle Españoleto, escuchó una música que le hizo vibrar de la cabeza a los pies. Era una “Gimnopèdie” de Satie. Cuántos recuerdos le traía. Recuerdos olvidados, lejanos. Recuerdos secretos y hermosos.

12 de Octubre de 1927: La compañía de Margarita Xirgú estrena “Mariana Pineda” en el teatro Fontalba de la Gran Vía. Mi tío Paco asiste al estreno, acompañado por mi abuelo. Allí conoce a muchos intelectuales de la época, cuando Margarita se los presenta a mi tío. Estaban, entre otros, Rafael, Dámaso, Vicente… Y la hermana de Vicente, Conchita. Discreta, sencilla, siempre a la sombra de su hermano. Era siete años mayor que mi abuelo, culta y resuelta, aspectos que la convertían en inalcanzable. Pero el flechazo fue instantáneo. La siguiente vez que la vió fue en un concierto que ofreció Gerardo, y donde interpretó al piano la delicada pieza de Satie. No pudo apartar sus ojos de ella, absorto con la inocencia del primer amor. Tenía 21 años, y nunca antes había sentido nada igual. Conchita, con mayor experiencia en esas lides, le sonrió discretamente. El siguiente paso lo dio ella: mi tío Paco le comunicó a mi abuelo que Gerardo le invitaba personalmente a una tertulia en la cervecería de la plaza de Santa Ana. A él, que no era escritor, ni artista, sino un simple estudiante de ingeniería… Acudió. Y allí estaba Conchita, esperándole. Aquel día Vicente se encontraba indispuesto, por lo que estaba libre de su sempiterna compañía. Fue de las pocas veces que Conchita fue a un acto social sin la compañía de su hermano. Después de la tertulia, Gerardo les invitó a los dos a su casa. Llegaron los tres, pero sólo subieron ellos dos.

Fueron unos meses de amor apasionado, juvenil, desbordado por los cuatro costados. Pero secreto, completamente oculto a los ojos de todos, con la única y necesaria complicidad de Gerardo. A Conchita le aterraba la idea de que su hermano pudiera enterarse, más aún de que lo supieran sus padres. Vicente tenía una salud muy débil, heredada de su madre, y ella volcaba todo su quehacer diario en asistirle. Pensaba que el mero hecho de anunciar un noviazgo podría perjudicarle, y no estaba dispuesta. Eran sus condiciones. Mi abuelo, que por entonces tuvo que incorporarse al ejército para hacer la mili, no lo entendía. El quería gritar a los cuatro vientos su amor por Conchita, contárselo a su hermano, pasear con ella por la Gran Vía, ir al teatro, a conciertos… Y, convencido de que el amor era recíproco, le dio un ultimátum: o formalizaban la relación, o dejarían de verse. “La única forma de hacer lo nuestro público es casándonos, y yo no me voy a casar nunca. Pepe, sabes que no”. En aquella época, el Reglamento para el reclutamiento y reemplazo del Ejército prohibía el matrimonio de cualquier persona en servicio activo, por lo que había que solicitar permiso. Así lo hizo mi abuelo, y así se lo comunicó a Conchita. El 31 de octubre de 1928, el General de brigada Fernando García-Loygorri concedió el permiso para la boda.

Ese mismo día estuvo esperando mi abuelo a Conchita todo el día, en el discreto lugar donde siempre quedaban. No apareció. Ni ese día, ni ningún otro. No pudo acudir a Gerardo, ya que se había marchado a Sudamérica, ni tenía otra forma de contacto. No sabía dónde vivía, no podía pedir ayuda a nadie… Si le contaba algo a alguien, era consciente de que la perdería, así se lo había hecho saber desde el principio. Acudió durante seis meses a aquel lugar, con la esperanza de volverla a ver. Nunca más volvió a saber de ella.

Hasta aquel día de Agosto de 1938, en que Satie la había devuelto a su memoria. Buscó la casa de donde salía aquella música, entró en el portal… Pero dio media vuelta y volvió a la calle Encarnación. Subió rápidamente a su piso, que no visitaba desde hacía un año, y revolvió documentos, carpetas, cajones. Encontró lo que buscaba. Se quedó sentado un rato y bajó a buscar a mi abuela, con los ojos humedecidos. “Pepe, ¿qué pasa? ¿Qué hacías arriba?”. Mi abuelo le entregó el documento, y la besó. Pacientemente, le contó toda la historia, oculta en sus recuerdos hasta entonces. Le prometió que solo la quería a ella, pero que necesitaba contarle aquel primer amor para desembarazarse de aquellos recuerdos.

Mi abuela le creyó, y le besó con ternura. Aunque desde entonces siempre desconfió de cualquier salida de mi abuelo destinada a los alrededores de la calle Españoleto, o –más tarde- de la calle Velintonia.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Lun 10 Ene 2011, 20:02

OTOÑO DE 1938

No sabía nada de su hermano Paco. Hacía meses que había perdido todo contacto, toda pista sobre su paradero. Quería imaginarlo en Francia, o en Argelia, liberado de la pesadilla de la Guerra y disfrutando de una cómoda posición en el exilio.

Aunque en su interior las entrañas se le revolvían cada vez que pensaba en Paco. Algo no funcionaba, no iba bien. El le hubiera llamado, o telegrafiado, habría conseguido algún medio por el que hacer saber a su familia que se encontraba bien. Casi no se habían despedido a finales de Mayo, cuando se marchó apresuradamente a Valencia, casi con lo puesto. Recibió la fatídica llamada de su amiga Libertad Blasco Ibáñez. Todo estaba perdido. Tenían que huir.

Mi bisabuelo se encerró aún más en su mundo. La entrega de la escuadra y el compás simbolizó mucho más de lo que a primera vista pueda parecer. Fue su entierro en vida, y un salvoconducto muy útil para mi tío Paco, cuando varios años después arribara en México. Mi tía Arsenia sintió una pena muy grande, consciente de que nunca más volvería a ver a su hermano. Conservó la misma mirada melancólica con la que le despidió hasta el fin de sus días. Mi tío Joaquín se dio de baja de Izquierda Republicana al día siguiente de su marcha, y borró toda huella escrita, como si jamás hubiera militado. La huida precipitada de Francisco Cantos fue el mazazo definitivo en la moral republicana de toda la familia.

“Paco, ¿estás bien?¿Te vas a Francia?”. Fueron las últimas palabras que mi abuelo pudo decir por teléfono a su hermano. “Tranquilo, Pepe, todo va bien. El viaje de Madrid a Valencia ha sido una odisea y he tardado más de lo previsto, pero estoy bien. Libertad se ha ido a Barcelona con Fernando, no han podido esperarme. Yo embarcaré en cuanto pueda, quizá a Argelia o quizá a Francia, aún no sé”. Fueron las últimas palabras que mi tío Paco pudo decirle a mi abuelo por teléfono. Era el mes de Junio de 1938.

Y ya estaban en Noviembre. Entre medias, la más sangrienta, cruel e inútil batalla de toda la Guerra: la Batalla del Ebro. Duró del 25 de Julio al 15 de Noviembre, hubo casi 20.000 muertos, participaron más de 200.000 soldados, dejaron pueblos completamente arrasados… ¿Habría participado su hermano Paco en aquella locura? ¿Estaba en Valencia esperando la victoria republicana, que le permitiría llegar a Barcelona por tierra? ¿Había salido ya del país?

Mientras tanto, mi abuelo no dejaba de tener pesadillas. Las historias que escuchaba por aquellos campos, tan truculentas, tan españolas…Y tan incompletas. Ahora no le cabía ninguna duda que muchas de aquellas atrocidades ocurridas en zona republicana tendrían “segunda parte”, cuando las tropas de Franco conquistaran aquellas tierras. Mi abuelo empezaba a intuir que para mucha gente lo peor estaba por llegar. Cuando acabara la Guerra.

Como para aquellos hombres que conoció en un pueblo de la provincia de Cuenca. Humildes, sencillos, trabajadores. Honrados padres de familia. Pero que no dudaban en jactarse delante de cualquier forastero de lo que hicieron con el “Señorito”. Un terrateniente para el que trabajaban la mayoría de jornaleros del pueblo. Un señor que vivía en la capital, y que solo iba al pueblo para presidir las Fiestas en honor a la Virgen del Carmen, costeadas por él. Toreaban una vaquilla, y la gente del pueblo ondeaba los pañuelos sin cesar, entre botas de vino, embutido y risas. Daba igual cómo lo hubiera hecho el famélico novillero, querían diversión y pasear a hombros al chaval. Pero Don Viriato no solía conceder ninguna oreja. “Menudos paletos, no tenéis ni idea de lo que es torear”. Y les dejaba con las ganas y con la humillación en las pupilas… Hasta que llegó el año del Señor de 1936… Don Viriato fue sacado de la cama, con lo puesto. Lo pasearon por todo el pueblo con una cuerda atada a su cuello, y le dieron pases y verónicas. Le obligaban a mugir cada vez que pasaban por su cabeza el mugriento retal de arpillera que hacía las veces de capote. El hombre, humillado y derrotado, aguantaba la burla lo más dignamente posible. Llegó una camioneta con tres milicianos, y cuando preguntaron si había en aquel pueblo algún fascista traidor, todos le señalaron. Pero antes de que se lo llevaran a darle el estoque definitivo, aquellos hombres trabajadores, humildes, sencillos, honrados padres de familia, decidieron rematar la faena: le cortaron una oreja. Y no satisfechos con los desgarradores chillidos de Don Viriato, de ver su cara desencajada cubierta de sangre, no esperaron demasiado a que se alejara la furgoneta. Decidieron rápidamente qué hacer con la oreja: un tradicional plato manchego, exquisito donde los haya. Oreja de cerdo a la plancha. Y se la comieron.

Mi abuelo estaba seguro de que a aquellos hombres estaba empezando a indigestárseles el banquete. Dos años y medio después.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Miér 26 Ene 2011, 14:36

INVIERNO DE 1938-1939

Para mi familia, no fue el invierno más duro de los vividos en aquellos años, pero quizá sí el más triste. La Guerra estaba perdida. Nadie dudaba de que era cuestión de esperar.

Carmen se marchó un día, ni más frío ni más tenso que otros. Ni se despidió de mis abuelos. “¿Dónde vas?”, le dijo Lucía al verla salir de casa con sus cuatro camisas y sus dos faldas puestas, además del abrigo y con un atillo que cobijaba el resto de sus pertenencias. Sin levantar la mirada, Carmen musitó un lacónico “Adiós” y cerró la puerta. Mi abuela, al principio, se enfadó mucho. Pero a los pocos minutos se calmó. Entendió que era normal, la chiquilla tenía derecho a huir. No pertenecía al bando de los vencedores, pero tampoco al de los vencidos. Era del bando del hambre, que no se para a pensar quién se ha llevado mi queso. Sencillamente, lo busca allá donde cree que puede encontrarlo.

Lucía se apresuró a reafirmar su lealtad a mis abuelos. No se iría a ninguna parte, a no ser que ellos se lo pidieran. Y así, casi en silencio, pasaron aquellos meses del inicio de 1939. Mi tía Pilarín, mi madre, Lucía, mi abuela y mi abuelo. El silencio de la incertidumbre, que en Primavera daría paso al silencio de la humillación y el miedo.

Mientras tanto, mi tío Paco estaba en Barcelona.

Tuvo la oportunidad de embarcar en Valencia rumbo a Francia o a Argelia, tal y como le había contado a mi abuelo por teléfono en Junio. Pero no lo hizo. Estuvo en casa de sus amigos Libertad Blasco Ibáñez y Fernando Llorca, pero llegó tarde. Le comunicaron que habían partido hacia Barcelona por tierra, poco antes de que las tropas franquistas cortaran la comunicación. Y pensó que su sitio seguía en España. Si sus amigos resistían en Cataluña, él también lo haría. Le costó mucho conseguir embarcarse en un humilde pesquero catalán que le dejó en San Carlos de la Rápita, pero lo consiguió. Y desde allí ya no le fue difícil llegar a Barcelona y encontrar a Libertad.

La amistad de mi tío Paco y Libertad venía de mucho antes, y estaba relacionada con asuntos literarios de la Editorial “Prometeo”, pero también por otros intereses comunes a los padres de ambos, y que ambos heredaron… Y que siguieron desarrollando en México. Ahora estaban unidos, además, por la firme creencia de que su destino era paralelo al de la República. Y si alguna vez dudaban de sus creencias, las proclamas del bando franquista les ayudaban a tener claro dónde estaba su sitio. El pasado de ambos no les dejaba hueco en la Nueva España.

Precisamente fue la otra “Nueva España”, la del Virreinato americano, la que los acogería con los brazos abiertos. Se ha escrito y hablado poco del extraordinario papel humanitario que desempeñó México con los exiliados españoles. Figuras como el Cónsul General de México en Francia de 1939 a 1944, Don Gilberto Bosques, merecen algo más que el nombre de un par de calles y un museo. Luchó como pocos, dentro de sus posibilidades, para defender la dignidad de las personas. Exiliados españoles, judíos, franceses… Mucha gente debe su vida a este gran personaje, que sufrió en sus carnes y las de su familia la opresión nazi, llegando a ser encarcelados aun gozando –supuestamente- de inmunidad diplomática. Pero vuelvo a desviarme con otras historias…

Hasta llegar a México, mi tío Paco pasó la etapa más dura de su vida. Física y anímicamente. A finales de Enero de 1939, con las tropas de Franco a las puertas de la ciudad, tuvieron que huir precipitadamente hacia Francia, como tantos y tantos miles de personas. Llegaron a Gerona en camión, pero a partir de ahí el camino fue a pie. Con lo puesto. No había fuerzas ni para arrastrar maletas, que se iban quedando por el camino como los pedacitos de pan del cuento, quizá con la esperanza de que marcaran el camino de regreso algún día… No había comida, ni bebida. La gente se agachaba a beber el agua de los charcos, y comía todo aquello que brotara en el campo y fuera masticable. Pero la lluvia, el frío, el cansancio, el hambre y la sed no eran nada comparado con el dolor anímico que sentía toda esa riada de gente. Se calcula que más de doscientas mil personas cruzaron la frontera francesa en los dos primeros meses de 1939.

Al cruzar la frontera, mi tío sintió dos fuertes bofetadas. Luego vendrían muchas más. La primera, dada por la intuición de que nunca más volvería a pisar su tierra. La segunda, dada por el asqueroso y despótico trato que recibieron de los franceses. Los trataban como a ganado, con miradas inmisericordes de desprecio y altivez. Los hombres, a un lado, las mujeres y niños, a otro. El chapurreaba francés, gracias a sus viajes y don de gentes. Eso le sirvió para que lo utilizaran de, digamos, “cabecilla”, y que no sufriera en primera persona las mayores vejaciones y humillaciones que sí pasaron muchos españoles. Pero no sabía qué era peor, si sufrirlas o contemplarlo, entendiendo además los insultos y chascarrillos que aquellos miserables arrojaban por su boca, hablando del pueblo español, de su incultura y de su africanidad.

Fueron instalados, en un principio, en el campo de concentración improvisado en la playa de Argelès-Sur-Mer, un pueblecito cercano a Perpignan. No había ningún tipo de asistencia médica, la comida era escasa y mala, las alambradas se adentraban bastantes metros en el mar para que nadie se escapara… Y, por supuesto, los separaron. Libertad fue a la zona de mujeres y niños, y mi tío Paco se quedó con Fernando. La salud de Fernando, el marido de Libertad, era muy precaria. Había salido ya de Barcelona con bronquitis, y las penurias pasadas no habían favorecido precisamente su recuperación. Paradójicamente fue su estado de salud lo que hizo que los trasladaran a Auterive, cerca de Toulouse. Las condiciones allí fueron algo mejores, y ya no estaban separados. Pero esa leve mejoría de condiciones no fue suficiente para evitar la muerte de Fernando.

Poco tiempo después, Paco y Libertad embarcaron en Séte rumbo a Veracruz, en México. Allí comenzó una nueva vida para ambos, más o menos exitosa, pero marcada para siempre por una maldita Guerra donde nadie ganó.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Sáb 05 Feb 2011, 20:17

Esto parece un monólogo.

Doy paso a otras historias, y doy por terminada la mía.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por m teresa de cantos el Sáb 05 Feb 2011, 21:50

es una pena estaba muy interesante porq escribes muy bien
avatar
m teresa de cantos
Pasaba por aquí

Cantidad de envíos : 16
Fecha de inscripción : 19/11/2010

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por aenobarbo el Sáb 05 Feb 2011, 22:56

Fernando, ni se te ocurra, por favor.

Ocurre que a veces los lectores nos acomodamos y no alentamos como se debería la labor que haces y eso no es culpa de nadie salvo de nosotros (te entiendo porque algún hilo hay en el que parece que hablo en el desierto). Tus textos provocan horas de reflexión en el lector y son además una muestra de valentía y honestidad al sacar a escena la historia de una familia sin tapujos, cortinas de humo, omisiones o versiones sesgadas de los hechos. Eso sólo lo pueden hacer los que no tienen nada que ocultar y nosotros, los demás, a disfrutar.
avatar
aenobarbo
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 3058
Fecha de inscripción : 09/07/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por ctpap el Sáb 05 Feb 2011, 22:59

m teresa de cantos escribió:es una pena estaba muy interesante porq escribes muy bien

Reafirmo lo dicho por María Teresa, y lo que dice aeno también es cierto, a veces vagamos por el desierto pero merece la pena leerte, esperamos más entregas Wink
avatar
ctpap
Cronista Oficial

Cantidad de envíos : 2056
Fecha de inscripción : 05/07/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por MINU el Dom 06 Feb 2011, 09:42

Fernando escribió:Esto parece un monólogo.

Doy paso a otras historias, y doy por terminada la mía.

Fernando, desde luego sería una pena no poder disfrutar de tus maravillosas historias contadas con tanto gusto, con tanto talento y tanta sensibilidad. Abrazo 2

Estoy con aeno cuando comenta que es cierto que a veces nos acomodamos... y que todos tenemos un hilo en el que parece que escribimos en el desierto, pero es cierto y escribo con el convencimiento de que todo lo que podemos decir o mostrar a los demás aporta algo de algún modo. Por eso te sugiero que continúes, y digo sugiero porque tú tienes la última palabra sin duda...

A mi me encantaría poder seguir disfrutando con esas historias, que nos muestran de manera cercana, el día a día de una familia, que supo salir adelante en el contexto de un conflicto muy dificil de olvidar...

Piénsalo Fernando... Abrazo 2 que somos muchos los que te seguimos... Alegria 2
avatar
MINU
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1595
Localización : CARTAGENA
Fecha de inscripción : 17/03/2009

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Invitado el Dom 06 Feb 2011, 12:13

Fernando, como no sigas escribiendo te abrimos un expediente MuyMal
avatar
Invitado
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por francgain el Dom 06 Feb 2011, 13:25

Fernandito, rubrico todo lo escrito por AENUS y entono el "mea culpa" al no comentar tus relatos. Pero eso no implica que no los leamos ávidos de saber y conocer retazos de tu/nuestra historia mas inmediata. Abrazo 2




avatar
francgain
Comandante

Cantidad de envíos : 8672
Localización : Cartagena
Fecha de inscripción : 02/10/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por E.Maria el Dom 06 Feb 2011, 13:30

Pedro Torres escribió:Fernando, como no sigas escribiendo te abrimos un expediente MuyMal

Eso eso, !!!
Yo también leo este hilo siempre, aunque no comente. Tienes que seguir , con esto o con lo que sea , pero sigue . Se te lee claro, la narración y descripciones son correctas,.... y lo más importante , se nota el sentimiento que pones al escribir. Wink
avatar
E.Maria
Adict@ al foro

Cantidad de envíos : 677
Localización : cartagena
Empleo /Ocio : Diario La Opinión
Fecha de inscripción : 02/09/2010

http://www.flickr.com/photos/mariadm/?donelayout=1    http://www

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Dom 06 Feb 2011, 17:55

Vaya, no era mi intención generar esto...

Lo que quiero decir es que si hay varias personas contando historias o experiencias, el hilo se enriquece, y se puede ir creando una conversación muy interesante, mucho más que si solo hay una persona soltando un rollo de vez en cuando.

Así que espero que se anime alguien. Aunque yo continúe, ya me queda poco, a no ser que se inicie alguna conversación o debate, o lo que sea.

Eso sí, después de vuestros comentarios y algún mensaje privado... militar Más me vale continuar.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Antonio el Lun 07 Feb 2011, 00:02

Sigue Fernando. ¿Te has propuesto hacer un libro?, estaría genial.
avatar
Antonio
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 2485
Localización : Cartagena (ESPAÑA)
Fecha de inscripción : 04/07/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 08 Feb 2011, 17:30

PRIMAVERA DE 1939- FIN DE LA GUERRA

Una locura dentro de otra locura. Mi abuela estaba aterrada, no quería salir de casa ni dejaba que lo hiciera nadie, ni siquiera mi abuelo. “Pilar, que tengo que ir a trabajar…”. Mi abuela le respondía con una mueca histriónica, mezcla de espanto e ironía.“¿Trabajar? No me hagas reír. Ahora no trabaja nadie. Todo el mundo se ha vuelto loco, Pepe. Ahora te matan solo por andar por la calle”.

Y tenía parte de razón. En marzo de 1939 los pistoleros habían tomado la calle. Ahora no asustaban los bombardeos, sino cualquiera que cruzara la acera y viniera de frente. Anarquistas contra comunistas, comunistas contra socialistas, ugetistas contra cenetistas… Tiros y más tiros. Uno que parece sospechoso de ser comunista, ¡pum!, liquidado. Vaya, un “casadista” traidor, ¡pum!, uno menos. “Ah, no, me he equivocado. Usted disculpe, señor muerto”. Una auténtica locura, una guerra civil dentro de la guerra civil. Lo que faltaba.

El día 5 de marzo Segismundo Casado, Comandante en jefe del Ejército centro de la República, dio un “golpe de estado” republicano. Hacía ya varios meses que gran parte del Ejército Republicano (además de la inmensa mayoría de la población civil y de la clase política) consideraba completamente inútil continuar con la guerra. Era una pérdida absurda de vidas humanas, y era un tiempo malgastado que hundía más y más al país. Además, podrían negociar una salida airosa para la clase dirigente, si pactaban con Franco una rendición. Eso, al menos, era lo que pensaban muchos, liderados por Casado. Pero con Azaña ya dimitido, y Negrín en el poder, esta opción parecía no tener demasiados apoyos. Los comunistas eran quienes manejaban el Ejército y el Gobierno, y sabían que Franco nunca negociaría nada. Rendirse era anticipar la muerte, nada más. Aquel 5 de marzo, el mismo día en que tuvo lugar el Motín de Cartagena y que supuso la pérdida completa de la flota republicana, un Consejo de Defensa presido por Casado emitió un mensaje radiado en el que se pedía negociar la paz. "¿Que ocurre en Madrid, mi general?" preguntó Negrín por teléfono desde Elda (Alicante), fugaz sede del Gobierno. "Me he sublevado" respondió Casado. "¿Que se ha sublevado?, ¿contra quién?, ¿contra mí?". "Sí, contra usted y no soy ningún general, sólo un coronel que pretender cumplir con su deber". "Entonces, considérese usted relevado del mando" concluyó Negrín. Pero Casado, apoyado por Julián Besteiro y los socialistas, continuó con sus planes de rendición. Desde aquel 5 de marzo hasta casi el mismo 28, fecha en la que capituló Madrid, pasaron tres largas semanas de enfrentamientos callejeros entre partidarios de la rendición y de la resistencia. Tres semanas más de horror, saldadas con más de ochocientas víctimas, entre muertos y heridos.

Hacía mucho tiempo que mi abuelo habría planteado la rendición. Aunque él no hablaba exactamente de una rendición, más bien le tenía rencor a Franco porque “Podía y debía haber tomado Madrid mucho antes, y haber ahorrado mucho sufrimiento. Si no lo hizo, fue por motivos personales, quién sabe si para afianzar más su liderazgo único”. No seré yo quien le lleve la contra a mi abuelo.

Aquellos días de Marzo nadie de la familia paseó por Madrid. Mi abuela pensó en ir al Banco de España para recuperar sus joyas, pero descartó la idea. Seguirían más seguras allí, ya habría tiempo de ir. Pasara lo que pasara, iban a ser su seguro de supervivencia una vez finalizada la Guerra. No era cuestión de jugársela en estos momentos finales, con tanto loco suelto. Lucía salía lo justo, para recoger los pocos alimentos que conseguía con las cartillas. Y casi ni a eso. Al fin y al cabo, mi abuelo tenía que terminar algunas tareas en el campo, y traía más alimentos de allí que lo que se pudiera obtener con las cartillas. Y el hambre, en estos momentos, no era lo más importante.

Precisamente en el campo fue donde mi abuelo empezó a darse cuenta de lo que se avecinaba. La Guerra había sido terrible, pero la Posguerra no lo iba a ser menos. Recordaba la historia de la Dolores, aquella humilde campesina devota de Dios y de mirada y aire castellanos, que durante toda la Guerra llevó de manera digna la vergüenza de dar a luz a un hijo bastardo. Su marido había partido al frente en Otoño de 1937, en aquella recluta forzosa que ordenó el Gobierno. Y no había vuelto a aparecer… Y ella engordó sospechosamente en el verano de 1938, y en Septiembre dio a luz a un niño. Lo más lindo que le decían en el pueblo era “Puta”, y lo común era que el resto de mujeres escupieran al suelo al pasar por su lado. Era la España Republicana, sí, pero tan rural y tradicional como la otra. Que en esto no había diferencias. Y no le perdonaban que no revelara el nombre del padre. No hasta Marzo de 1939, cuando Pascual, que así se llamaba su marido, apareció por arte de magia. Ya no había milicianos, ni orden, ni nadie que mandara en el pueblo. Las tropas de Franco entrarían en dos días, según lo previsto. ¿Por qué esconderse más? El buen hombre nunca marchó al frente. Vivió escondido en su propia casa, dando y recibiendo calor hogareño. Resuelto el misterio… pero no el final de la historia. Este hombre acabó siendo el Alcalde del pueblo, con su flamante camisa azul teñida, aunque aseguraba que la guardaba de muchos años atrás. Y, gracias al testimonio de su mujer, al menos media docena de “activistas” fueron fusiladas, por…rojas.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por aenobarbo el Miér 09 Feb 2011, 00:05

Este último episodio pone sobre la mesa muy importantes cuestiones estructurales del curso de la guerra. Sobre esto siempre he pensado que más que "Franco" el origen está en "Nicolás Franco", que era la mente política de su hermano.
avatar
aenobarbo
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 3058
Fecha de inscripción : 09/07/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Jue 10 Feb 2011, 16:55

Es posible, aunque Don Francisco siempre se reservaba la última palabra... Que, en este caso, supuso mantener alejado de España a su hermano hasta que estuvo seguro de que no le haría sombra.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Ventimiglia el Vie 11 Feb 2011, 01:50

Leyendo la última entrada de Fernando me venía a la mente una de las lamentables consecuencias que trajo la GC. El caso de los muchos españoles que se divorciaron al amparo de la ley aprobada en febrero de 1932 y contrajeron de nuevo matrimonio (civil). La derogación de esta norma en 1939 consideró nulos estos segundos matrimonios y "restituyó" a los conyuges al matrimonio anterior, eclesiástico, quedando en franco desamparo muchos hijos que nacieron legítimos al amparo de la Ley y fueron convertidos en bastardos de golpe. Y en un Régimen en que dicha consideración no era precisamente algo baladí.
avatar
Ventimiglia
Habitual del foro

Cantidad de envíos : 302
Localización : North Cartagena
Fecha de inscripción : 24/03/2009

http://venti-blog.blogspot.com/

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Vie 11 Feb 2011, 19:46

Menudo tema has sacado Ventimiglia... De ahí sí que salen cinco libros.

El caso es que el ser humano no aprende. No se puede acotar la vida privada de las personas, ni que los legisladores lleguen hasta la cocina o el cuarto de baño de los hogares para prohibir o limitar cosas.

Pasó con Franco, pasó con Hitler, pasó con Stalin, pasó con Mubarak (Por cierto, HOY su último día de Dictador)...

Pero, lamentablemente, también pasa en nuestras "democracias", los sistemas "menos malos" de convivencia, pero que tampoco son perfectos.

Uyyyy, perdón por el off-topic, que creo que me estoy enrollando con cosas que no tienen nada que ver.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por m teresa de cantos el Sáb 12 Feb 2011, 01:07

hubo mucos problemas con esos hijos "bastardos" al ser considerados ilegitimos, en todos los aspectos, conozco varios casos.
avatar
m teresa de cantos
Pasaba por aquí

Cantidad de envíos : 16
Fecha de inscripción : 19/11/2010

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Dom 13 Feb 2011, 20:42

Gracias por las nuevas historias, mami, veré si puedo encajar alguna en los capítulos de Posguerra. Wink
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Lun 14 Feb 2011, 19:27

POSGUERRA, Abril de 1939-LA VICTORIA


Ya no había bombas, la Guerra había terminado. La radio no dejaba de emitir marchas militares, pero también pasodobles y coplas. No se escuchaban sirenas de alarma, ni la gente corría presa del pánico Gran Vía arriba. Algunos vecinos volvían a sus casas. Las iglesias volvían a ser iglesias. Las campanas del Monasterio de la Encarnación marcaban de nuevo la rutina diaria.

Pero mis abuelos apenas hablaban. No había nada interesante que decir. Lloraban y se amaban juntos. A solas. En silencio. Eran conscientes que empezaba una nueva etapa en sus vidas, en la vida de España. Una nueva etapa muy distinta a la que ellos habían soñado. Si tenían dudas, la Ley de Responsabilidades Políticas, dictada por Franco en Burgos el 9 de Febrero de 1939, radiada cansinamente y publicada en toda la prensa de Madrid, les despertaba de toda ilusión.

“Próxima la total liberación de España, el Gobierno, consciente de los deberes que le incumben respecto a la reconstrucción espiritual y material de nuestra Patria, considera llegado: el momento de dictar una Ley de Responsabilidades Políticas, que sirva para liquidar las culpas de este orden contraídas por quienes contribuyeron con actos u omisiones graves a forjar la subversión roja, a mantenerla viva durante más de
dos años y a entorpecer el triunfo, providencial e históricamente ineludible, del Movimiento Nacional (…)”


Así comenzaba el texto legislativo encaminado a castigar no los actos de guerra o los delitos de sangre, sino el simple hecho de haber sido fiel a la República. En su articulado se detallaba con toda precisión quién debía sentirse aludido: el simple hecho de estar afiliado a un partido político afín con el Frente Popular ya era punible, así como pertenecer a una Logia masónica o incluso haber huido al extranjero en vez de incorporarse a la zona “nacional”… Las sanciones iban desde la inhabilitación profesional hasta la pérdida de la nacionalidad y el destierro, amén del pago de una reparación económica o incluso la pérdida de todos los bienes.

“Pepe, tú no has hecho nada malo, no pueden acusarte de nada”. Mi abuela intentaba convencerse a sí misma de que no podrían detener a su marido. “Pilar, esta ley lo deja bien claro. No me van a matar físicamente, pero sí me pueden enterrar en vida”. Pero mi abuelo no se limitó a esperar su nueva suerte. Confiaba en que, aunque él no estuviera, mi abuela y sus hijas pudieran tener un futuro medianamente asegurado. Las joyas de su suegra seguían a buen recaudo en el Banco de España, y las propiedades heredadas por mi abuela en Torrevieja y Los Montesinos no se las podían quitar. Eran bienes privativos de ella. De hecho, aquella primera semana de Abril mi abuela se dirigió al Banco de España a recuperar sus joyas. “Señora, no se preocupe, las tengo localizadas. No obstante, tenemos bastante jaleo estos días, y están depurando cargos y responsabilidades. Si no le importa, vuelva pasado el día 19. Después del Desfile todo estará más tranquilo.” Mi abuela respiró tranquila. Sus joyas seguían allí, a buen recaudo. Menos mal que el Banco de España siempre sería el Banco de España.

Llegó el 19 de Abril, día del Desfile de la Victoria. Todo Madrid estaba en la calle, parecía un día de fiesta. Vendedores ambulantes improvisados, familias enteras uniformadas, grupos de jóvenes risueños, militares heridos en la batalla asistidos por monjitas, todos acudían en masa para ver el Gran Desfile. “Franco, Franco, Franco”, ensayaban unos, brazo en alto. “¡¡Que vivan los moros!!” vitoreaba una señora al paso de un grupo de Regulares, confundiéndolos con la famosa y temida Guardia Mora, de la que tanto se había escrito y hablado. Se decía que el propio Franco había prometido regalar un bastón de oro a cada moro mutilado que hubiera luchado con él. Quién diría que acababa de terminar una Guerra tan atroz… Lucía llegó a casa llorando. Había madrugado, como de costumbre, para hacer cola ante el dispensario del racionamiento. Pero regresó con las manos vacías, presa de un ataque de nervios. Habían encontrado a las gemelas bajo el Viaducto. Se habían suicidado.

La historia de las gemelas era tan truculenta que presagiaba un final así. Eran dos niñas de dieciséis años cuando las tropas de Franco entraron en su pueblo, al Oeste de Madrid. Vieron cómo los moros mataron a sus padres, hermanos y tíos. Ellas corrieron mejor suerte, y quedaron como sirvientas de aquellos infieles. Pero sirvientas para todo… Como dijo Queipo de Llano, «Nuestros bravos legionarios y regulares han enseñado a los cobardes rojos lo que significa ser hombre. También a sus mujeres. Después de todo, a estas comunistas y anarquistas les ha hecho bien adoptar la doctrina del amor libre. Y ahora conocerán por lo menos a hombres verdaderos, y no esos milicianos maricas». A los pocos días consiguieron huir, aprovechando la oscuridad de la noche y el conocimiento que tenían de aquellos campos. Cuando llegaron a Madrid, a casa de una hermana de su padre, estaban irreconocibles. Parecía que sus famélicos cuerpos hubieran sufrido los avatares de más de veinticinco años. El horror reflejado en sus ojos acumulaba más tristeza que la que un ser normal pueda abarcar en toda una vida. Tardaron casi un año en volver a articular palabra, y casi dos en contar lo que les pasó. Lucía las conocía de hacer la cola de racionamiento. Apenas hablaban, y nunca se separaban. Ni siquiera lo hicieron cuando al oír eso de “¡¡Que vivan los moros!!” se precipitaron juntas al vacío.

A mi abuela no se le ocurrió otra cosa para animar a Lucía que sugerirle que se fuera con las niñas a ver el desfile. Seguro que sería un espectáculo grandioso, se esperaban más de cien mil soldados desfilando por la Castellana. Así lo hicieron, y es cierto que aquello no se veía todos los días. Las niñas lo pasaron en grande, con tanto colorido, gritos, risas y aplausos. Lucía hasta sonrió. Cuando regresaron a casa, se encontraron a mi abuela sola, con la mirada perdida. “Señora, ¿Qué le pasa? ¿Dónde está el señor?”. No le dejaron esperar a sus hijas. No pudo apenas despedirse de su mujer. Cogió un colchón de lana, lo enrolló y se lo echó al hombro. Le advirtieron que era lo único que le dejarían levar a la cárcel de San Antón, situada en la Calle Hortaleza. A mi abuela no la dejaron siquiera acompañarle más allá de la Calle de la Bola.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por francgain el Lun 14 Feb 2011, 21:45

Desde luego Fernandito, que leyendo tu amena prosa, me hace sentir anónimo y privilegiado espectador de las acontecimientos acaecidos en aquellos tiempos.
Envidio (sanamente) tu suerte, al haber sabido conseguir de tus mayores tan abundante legado histórico.

"Sirvan éstas, tus letras, para que, conocedores de nuestra mas triste e inmediata história, no caigamos núnca en el error de volverla a repetir"
avatar
francgain
Comandante

Cantidad de envíos : 8672
Localización : Cartagena
Fecha de inscripción : 02/10/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por ctpap el Lun 14 Feb 2011, 22:25

Muchas gracias Fernando por estos relatos, espero poder leer un libro tuyo próximamente....son muy buenos.
avatar
ctpap
Cronista Oficial

Cantidad de envíos : 2056
Fecha de inscripción : 05/07/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por MINU el Lun 14 Feb 2011, 22:50

Aplauso 3 Aplauso 3 Aplauso 3
Fernando, muchas gracias por deleitarnos con tus letras, tu talento y tu buen hacer. Tienes una sensibilidad especial para transmitir relatos de una época tan dificil.
avatar
MINU
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1595
Localización : CARTAGENA
Fecha de inscripción : 17/03/2009

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Miér 16 Feb 2011, 18:18

Gracias de nuevo por los piropos, sobre todo los de MINU... A falta de DASTEN... :beso:

Francgain, seguro que también tienes anécdotas e historias que contar, de todo lo que pasó en esta nuestra Cartagena, que no fue poco... Y para qué decir de Ctpap, Cronista Oficial del Foro... ¿No te animas?

Aún me quedan algunas cosas que contar, bastante curiosas. Es verdad que la historia de mi familia da mucho juego, ese es en realidad el mérito de lo que cuento. Pero, desgraciadamente, Cartagena no está muy presente en todo esto. Hasta 1958 no tengo "raíces" por aquí...

¿Nadie cuenta algo de lo que ocurrió en Cartagena? ¿Bombardeos? ¿Motines? ¿Historias de sus abuelos, padres, bisabuelos? ¿Edificios perdidos en aquella época?
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Invitado el Miér 16 Feb 2011, 18:52

Una cosa curiosa, mi abuelos, que vivían en el barrio de los Dolores, cuando había alarma de un próximo bombardeo cogían colchones y con sus cuatro pequeños hijos se dirigían a las afueras, junto al huerto de las bolas. Los colchones eran para meterse debajo de ellos y resguardarse de la metralla, los niños que niños son incluso en la guerra los utilizaban como si fueran camas elásticas de feria., y la abuela gritaba ... ¡ no, así no, hay que meterse debajo!
avatar
Invitado
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Lun 14 Mar 2011, 16:37

POSGUERRA, 1939-La cárcel

Tenía que pensar rápido, tenía que mantener la calma, tenía que aparentar entereza… Mi abuela tenía que hacer muchas cosas para las que no estaba preparada. Ni podía pensar, ni estaba calmada. Le fallaban las fuerzas y estaba a punto de derrumbarse. Estaba bloqueada.

“Señora, ¿se encuentra bien? No me asuste, ¡por Dios!”. Mi madre empezó a llorar. Mi tía Pilarín giró la cabeza hacia mi madre, y comenzó un dueto. Lucía las abrazó contra su cuerpo, mirando angustiada a mi abuela. “Señora, ¡piense en sus hijas!¡Reaccione!”. Pasaron aún unos segundos hasta que mi abuela se levantó del sillón y se unió a Lucía y a sus hijas en un fuerte abrazo. Creo que pocas veces en su vida abrazó a alguien con tanto sentimiento como aquella tarde. Sobraron las palabras. No hicieron falta.

A la mañana siguiente mi abuela se puso su mejor vestido. Tenía bien claro que no podía ni debía mostrar debilidad ni flaqueza ante ojos extraños. Casi no había dormido, repasando minuciosamente la lista de tareas que debía realizar. Todas eran importantes, y en aquellos momentos el futuro de toda su familia dependía de lo que ella hiciera. Tenía que ser fuerte. Siempre lo había sido, y era el momento de demostrarlo. Pero cuando se colocó el sombrero, no pudo evitar que una lágrima recorriera su rostro… Recordó cuando su cuñado Joaquín se lo arrebató en la estación de Atocha, tres años atrás. Tres años marcados por el horror y el miedo de una guerra atroz. Tres años que ahora le parecían solo el preludio de una etapa mucho más sombría e incierta. Efectivamente, aquel gesto en la estación de Atocha marcó un antes y un después en su vida.

“Se las llevaron los rojos, señora. No hay rastro de sus joyas”. Mi abuela no daba crédito. Era el mismo funcionario del Banco de España que, unos días atrás, le había asegurado que le entregaría sus joyas una vez pasado el día del desfile. “No puede ser, debe haber un error. Usted mismo me dijo que…” El funcionario la interrumpió bruscamente, acompasando sus heladas palabras a una mirada glacial. “Señora, no le puedo decir otra cosa. Los rojos se lo llevaron todo.”

Sentada en un banco del Paseo del Prado, de espaldas al Banco de España, mi abuela rompió a llorar. ¿Qué sería ahora de sus hijas? ¿Cómo saldrían adelante? ¿Cómo sacaría a su marido de la cárcel? La de veces que había dado gracias a Dios por haber depositado su “futuro” en el Banco de España… Ahora sabía que su futuro no podía depender de nadie más que de ella misma.

Mientras tanto, mi abuelo malvivía en la improvisada cárcel de San Antón, junto a otros dos mil reclusos. No era la mejor ni la peor prisión, sino una más de las veintiuna cárceles que se establecieron en Madrid en aquel año: seis para mujeres (Ventas, Quiñones, Claudio Coello, Prisión Maternal en Instituto-Escuela, Prisión Maternal de San Isidro, Prisión Central de Madres Lactantes de Ventas) y quince para hombres (Porlier, Torrijos, Atocha, Barco, San Antón, Cisne, Santa Engracia, Santa Rita, San Lorenzo, Príncipe de Asturias, Comendadoras, Conde de Toreno, Duque de Sesto, Yeserías y Provincial de Carabanchel). Todas compartían condiciones similares de confort y habitabilidad: hacinamiento extremo, proliferación de enfermedades, falta de atención, hambre, malos tratos, charlas religiosas y misas, himnos militares… Lo que peor llevaba no eran los cuarenta centímetros de ancho por un metro y medio de largo que disfrutaba cada recluso como espacio privado, ni el infecto rancho que recibían una vez al día (y no todos), ni los piojos y chinches que compartían cama y mesa con ellos, ni la altísima probabilidad de contraer sarna o tifus, sino la sensación de no entender por qué estaba ocurriendo aquello. La mayoría de gente con la que estuvo mi abuelo aquellos meses eran personas sencillas, padres de familia y honestos trabajadores. Con ideales, sí, a ninguno le gustaba la idea de esta “Nueva España” que estaba naciendo, y que un señor llamado Franco les gobernase porque sí. Pero, en la inmensa mayoría de casos, su único delito era ese: pensar diferente. Aunque no en todos los casos, es cierto, había personas encerradas por algo más que pensar diferente. Por ejemplo, mi abuelo no supo lo que era una persona “hermafrodita” hasta que no conoció en la cárcel a Raquel, llamado por los guardias como “Antoñito el mariquita”. Alguno de esos mismos guardias también le llamaba Raquel, pero eso siempre ocurría en la intimidad.

“Ya le he dicho que la señora Marquesa no puede recibirle. No insista más”. La doncella le dio con la puerta en las narices. Mi abuela no consiguió que ni la Marquesa de Bédmar, ni su hijo, ni nadie de la familia, la recibieran. Les esperó en el descansillo de la escalera durante horas, pero eran capaces de estar varios días sin salir de casa con tal de no cruzarse con ella. Estaba segura de que una gestión de clemencia por parte de la Marquesa habría bastado para liberar a mi abuelo, sobretodo si explicaba lo que él había hecho por su hijo en 1936. Pero no hubo manera. Como tampoco hubo suerte con la familia Ramos, tan amigos antes de la Guerra… Ahora no querían ni saludar a mi abuela, “por roja”. Ay, qué risa. Mi abuela roja. Roja de rabia, roja de impotencia. Roja de indignación. Y roja de angustia, al ver que no conseguía nada y que tenía dos bocas más que alimentar.

¿Dos bocas más? No estaba embarazada, menos mal… Las dos bocas venían de fuera. Una pertenecía a su hermano Perico, que había vuelto de Valencia el 25 de Abril. Lo que le faltaba. “Su cruz” había regresado, tan tonto y tan inútil como siempre, con su voraz apetito intacto. Pero, al fin y al cabo, era su hermano. Entendía perfectamente que su prima Asunción lo mandara de vuelta, una vez finalizada la Guerra. “Y esta niña, ¿quién es?” María apenas había cumplido los diecisiete años, pero parecía tener menos aún. Pequeña, delgadísima, se presentó a mi abuela encogida detrás de su prima Lucía. “Señora, es mi prima. Viene de Aranda de Duero. Es muy trabajadora, nos ayudará mucho con las niñas, no se preocupe”. Compartiría las alegrías y las penas con aquella familia de rojos, sin pedir nada a cambio. Tan solo un techo y algo de comida… Cuando hubiera. Prefería lo que fuera antes que volver a su casa, soportar las palizas de su padrastro y no tener mayor horizonte que una vida de miseria y penurias junto a sus siete hermanos. “Siempre hay gente que está peor”, pensó mi abuela. Le sonrió y María la aceptó de inmediato como una “nueva madre”. No se separó de ella hasta 1978, cuando volvió a su pueblo a cuidar a la madre que realmente la parió. Mientras tanto, fue la niñera perfecta no solo de mi madre y de mi tía, sino también la mía y la de mis cuatro hermanos. Te quiero, María.

El General López Antequera escuchó atentamente todo lo que le dijo mi abuela. No hizo falta mucha explicación. A diferencia de lo que pasó con los marqueses o con los Ramos, López Antequera tenía muy claro que tenía que hacer lo que fuera para salvar a aquel “hombre bueno” que era mi abuelo. Se puso su uniforme y esa misma mañana comenzó sus gestiones, vía teléfono. “Pilar, de momento, ya puedes ir a verle. Una vez por semana, y podrás llevarle algo de ropa o comida”. Mi abuela le agradeció de todo corazón lo que aquel viejo General retirado estaba haciendo. “No me agradezcas nada. Es mi deber. Como patriota y español no puedo consentir que mi país cometa una injusticia con tu marido”.

Al día siguiente estaba mi abuela en la puerta de la cárcel a primera hora, tal y como le había sugerido su amigo el General. Iba vestida de manera impecable, con traje de chaqueta oscuro y con el famoso sombrero de Atocha a juego. Por supuesto, el sombrero había sufrido la habitual reforma mensual, de tal manera que cualquiera que la viera pensaría que estrenaba tocado. Si lo hacía delante de sus vecinos, no lo iba a hacer para ver a su marido… Le llevaba, además, una camisa, una muda, un traje, dos huevos, una hogaza de pan y un trozo de bacalao seco. La comida le había costado un disparate conseguirla, pero la ocasión lo merecía. “¿Qué lleva ahí, señora?” Mi abuela le mostró su equipaje. El guardia abrió los ojos como platos, y se apresuró a cogerlo. “Debemos inspeccionarlo todo, por seguridad. Ya se lo entregaremos nosotros más tarde”. Con el disgusto de quien sabe que no le están diciendo la verdad, mi abuela tuvo que dejar todo a la entrada. Era inútil esforzarse en llevarle nada, nunca le llegaría. Por eso, decidió no decírselo. “Pepe, ¿estás bien? No sabes cuánto te echamos de menos”. Mis abuelos entrelazaron sus manos a través de unos barrotes. No les permitían besarse, ni estar a solas. La visita tan solo duraba cinco minutos, a lo sumo diez, si el vigilante se enternecía y se hacía el despistado. Pero no podían quejarse, la mayoría de presos no tenía ese privilegio. Mi abuelo le preguntaba por las niñas, y mi abuela le contaba que estaban muy felices, que comían mucho y jugaban a todas horas con otros niños. El sabía que no sería exactamente así, pero le gustaba oírlo. La segunda semana de Mayo, coincidiendo con el tercer cumpleaños de mi madre, mi abuela consiguió permiso para que la dejaran entrar con ella. Mi abuelo lloró de felicidad, al poder besar a su niña el día de su cumpleaños.

El juicio se demoró hasta finales de Octubre de 1939. Aunque eso supuso una estancia mayor en la cárcel, realmente fue una suerte para mi abuelo. Años después contaba con tristeza cómo todos los viernes se despedía de algunos compañeros, a los que ya no vería más. No habían sido mejores ni peores que él, tan solo les “había tocado”. Todos eran rojos. A todos les podía pasar. Pero gracias a las gestiones del General López Antequera el juicio no se celebró hasta que no hubo garantías de que pudieran testificar a su favor tanto él como el Coronel Juliani, los únicos entre los muchos a los que ayudó mi abuelo que se atrevieron a hacerlo.

La sentencia, dictada el 20 de Octubre de 1939, le absolvía de los delitos de masonería y alta traición, que le habrían supuesto la pena de muerte. Pero le condenaba a diez años de inhabilitación profesional, y perdía su carrera de Ingeniero de Caminos. En la práctica, tardaron más de veinte años en devolverle la carrera.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Miér 06 Abr 2011, 17:11

POSGUERRA, 1940-1941-La humillación


Es en los momentos más duros de la vida de una persona cuando la soledad cobra un protagonismo estelar. Nadie la invita, nadie la espera, pero siempre aparece. A veces es mal recibida, con rabia y rencor. A veces es bien recibida, como catarsis terapéutica que te ayuda a comprender mejor la complejidad del ser humano. Pero la mayoría de veces se introduce hasta el fondo del corazón sin necesidad de aguardar ningún tipo de recibimiento.

Mis abuelos estaban solos.

Atrás quedó la pesadilla de la Guerra. Y la de la cárcel. Y la de la incertidumbre de si mi abuelo sería condenado a muerte. Todo eso conformaba un pasado reciente que debían dejar atrás cuanto antes, por sanidad mental. Como también la República era un pasado que no volvería, con sus aciertos (pocos) y sus errores (muchos). Tenían que aprender a vivir el presente, un presente gris y nada halagüeño, pero no había elección. No podían pensar tampoco en el futuro. De momento, no existía. No tenían futuro, sólo presente.

El presente de mis abuelos estaba inundado de soledad.

Mi madre y mi tía no podían tener amigas. Cuando iban a la Plaza de Oriente, acompañadas de María, jugaban solas. Encarna, la niñera de los Ramos, ya se había encargado de extender la noticia rápidamente. “No juguéis con ellas, que son hijas de rojos”. Palabra mágica. Ningún niño osaba acercarse, no fuera que también lo significaran. Mi abuela vio cómo, poco a poco, todas las vecinas fueron retirándole el saludo, o –más prudentemente- evitando cruzarse con ella. Todas sabían que mi abuela era monárquica, católica y de buena cuna, pero estando casada con un rojo…Mi abuelo intentó buscar trabajo de lo que fuera, como fuera y cobrando lo que le dieran. Todo inútil. Si no había alimentos y trabajo suficiente para los patriotas, ¿cómo iba a haber para un rojo?

“Pilar, vámonos a Torrevieja. Seguro que allí vivimos mejor, todo será más fácil”. A mi abuela le aterraba la idea. No podía concebir volver a su pueblo, con lo que su familia había sido, con lo que ella representaba, y tener que rebajarse ante cualquier advenedizo. No podía creer lo que su marido le estaba proponiendo, ni podía imaginar su vida, de nuevo, en Torrevieja. Tenía que pensar rápido, actuar antes de que fuera demasiado tarde. Le gustaba Madrid, incluso en 1940, ciudad en ruinas con aspecto cadavérico y mala salud. Por supuesto, amaba a su pueblo, pero sin perder nunca su sitio. Un pueblo era, y es, un pueblo, con sus virtudes y sus defectos. Pilar Ballester Bianqui, hija y nieta de Alcaldes, empresarios, navieros y terratenientes, no podía volver a Torrevieja como vulgar roja a pedir limosna. Faltaría más.

“Don José Sánchez Castillo, para servirle a Dios, a España y a Usted”. Aquel hombre con pinta ridícula, que en otras circunstancias no habría merecido ni los buenos días, iba a suponer la salvación de la situación. Mi abuelo lo conoció a través de contactos de su hermano Joaquín, que se había salvado de ser tachado de “rojo” gracias a la influencia de la familia de su novia, mi tía Charo, y de su alejamiento gradual de las tesis republicanas durante la Guerra. Negaba absolutamente su pasado republicano, incluso alababa el nuevo Régimen. Pero hablábamos de Don José Sánchez Castillo, contratista de obras favorecido por los nuevos tiempos. Contrató a mi abuelo, y los planes de emigrar a Torrevieja se esfumaron. Catorce horas diarias de duro trabajo, sueldo de miseria y “estar eternamente agradecido” fue el precio que tuvo que pagar.

Mi abuelo estaba al borde de la extenuación, no tenía fuerzas ni para caer en depresión. Pero, al menos, tenía trabajo. El dinero no alcanzaba para mucho, pero servía para poder subsistir y esperar tiempos mejores. La buena de Lucía había salvado todas las joyas y objetos de valor que mi abuela no depositó en el Banco de España, camuflándolas en ovillos de lana. Aquellas joyas, que soportaron los expolios sistemáticos de las milicias republicanas y que se libraron del “saqueo” del Banco, fueron las que realmente alimentaron a aquella familia durante muchos meses. Si del mísero sueldo de mi abuelo y de las cartillas de racionamiento de TERCERA categoría (no olvidemos que eran rojos, y el racionamiento también tenía clases) hubieran tenido que subsistir, más les habría valido hacerse antropófagos.

Lucía era una artista en la cocina. Inventaba menús de lo más variados, completamente musicales. Si ahora está de moda la “cocina de autor”, y la presentación visual de los platos es parte fundamental de los mismos, ella inventó la “Cocina musical”. El nombre de los platos, de una sonoridad tentadora, alimentaba sólo de oírlos. Todos los menús estaban compuestos de primero, segundo y postre, con su correspondiente cubierto y vajilla diferenciadas. Unos ejemplos:
• “Platillos de bechamel”: En unos platos de porcelana preciosos, un engrudo de harina y agua en forma de corazón.
• “Tortitas fantasía”: Arroz cocido aplastado rebozado en harina de almortas y frito.
• “Purée castellano”: Puré amarillo de harina de almortas.
• “Habas en su vaina”: Habas cocidas en su vaina. Sí, sí, se las comían con vaina y todo. Alimentaban más.

Un día apareció por la oficina donde trabajaba mi abuelo un señor llamado Guillermo Molina. Era cliente de José Sánchez Castillo, y desde el primer día se percató de la valía de mi abuelo. En realidad, era lo único que valía en aquella oficina. Poco a poco se fue granjeando su amistad, hasta que le propuso que dejara a aquel “tratante de ganado” y que montara su propia empresa. Una oficina de proyectos de ingeniería. Mi abuelo pondría los conocimientos y el trabajo, él pondría el dinero y los permisos.

No lo pensó ni un segundo. El cielo volvía a brillar, y una nueva esperanza se abría en sus vidas. Lo celebraron descorchando una botella de vino. Mi abuela rió como hacía tiempo que no reía, mi abuelo se sintió un poco menos solo. No importaba que los marqueses de Bédmar, los Ramos o tantos otros a los que ellos habían ayudado ahora les dieran la espalda. Volvían a tener ilusión por algo, algo propio. Se acabó el presente de humillación. Ya era hora de volver a pensar en el futuro.

Lo que no sabía mi abuelo es que el futuro venía tiznado, más negro que nunca.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 03 Mayo 2011, 16:36



POSGUERRA 1942- Luces…



Mi abuelo cambió su humilde pupitre de madera, en una habitación sin luz natural, por un espacioso despacho con fantásticas vistas a la Calle Mayor, centro neurálgico de Madrid por donde pasaban procesiones, desfiles, vida… Renacía de sus cenizas. “El mundo no es tan injusto”, pensó. Mientras Europa se desangraba y la negra sombra del nazismo se extendía hasta las puertas de la mismísima Gran Bretaña, en su mundo interior volvía a haber esperanza. Al menos, podía vislumbrar un futuro algo mejor para sus hijas. Pilarín y Mari Tere correteaban entusiasmadas por la nueva oficina de papá, y se asomaban a los balcones abiertos al bullicio del ruidoso Madrid. “¡Niñas, venid aquí ahora mismo! No tenía que haberlas traido…” . Mi abuela se disculpó ante Guillermo Molina, el “Angel salvador” que había hecho posible aquel milagro. “Pilar, por favor, déjalas que disfruten. Esta es su casa…”.



La nueva y flamante empresa se llamaba SUMIN. Guillermo Molina y mi abuelo eran socios al cincuenta por ciento, ya que así lo había querido Guillermo. Decía que era lo justo, ya que si bien él ponía todo el capital, mi abuelo ponía los conocimientos y el trabajo. Guillermo tenía bastantes contactos, y ejercería funciones comerciales. Mi abuelo pondría todo su saber hacer en presentar los mejores proyectos de ingeniería de todo Madrid. El éxito estaba asegurado, y así sucedió. Mi abuelo trabajaba las mismas horas que antes, o incluso más, pero el agotamiento era menor. Cuando tu familia tiene pan, cuando tu trabajo es reconocido, cuando vuelves a tener un futuro, todo se ve de manera distinta.



No eran ricos, ni mucho menos, y seguían sufriendo graves carencias alimenticias. Pero ya no mayores que la inmensa mayoría de los habitantes de la hambrienta Madrid. El aislamiento internacional al que estaba sometida España, unido a la terrible Segunda Guerra Mundial, hacía que la recuperación económica fuera penosa y lenta. Cundían los casos de “estraperlo”, moderna palabra acuñada en tiempos de la República y que curiosamente tendría amplia aceptación con el franquismo… Quizá porque era más elegante decir “Mi marido se dedica al estraperlo” que reconocer “Mi marido es un sinvergüenza que realiza contrabando de alimentos a costa de los más pobres, y con el beneplácito del Régimen.” El fabuloso escándalo de las apuestas fraudulentas inventadas por Strauss y Perle, en tiempos del gobierno de Lerroux en 1935, era un juego de niños comparado con los niveles de corrupción y “amiguismo” que se instalaron con el nuevo régimen. Para triunfar en la España de 1942 era casi imprescindible tener buenos padrinos, además de no estar tachado por “rojo”. Por ello, mis abuelos se sentían afortunados. Tenían su propia empresa y no les faltaba para vivir dignamente. Todo un lujo.



Mi madre y mi tía habían sido aceptadas en el Colegio de San Luis de los Franceses, gracias a los contactos del señor Molina. Era un colegio de altísima reputación, donde inicialmente sólo estudiaban hijos de franceses, pero que la necesidad de ingresos hizo que se abriera a la “crème” de la sociedad madrileña, para ofrecer una educación bilingüe. Allí se codeaban con niñas de las mejores familias de Madrid, sin que nadie las tachara por ser “hijas de rojos”. Y la educación estaba menos influenciada por las nuevas ideologías que en otros colegios, siempre dentro de unos estrechos límites, claro. De hecho, ningún alto mando militar o falangista llevaba allí a sus hijos. Francia no era, precisamente, un modelo a seguir. Mi abuelo veía, así, disipados sus temores de que sus hijas sufrieran discriminación educativa por culpa suya. En cambio, los temores de mi abuela iban por otros derroteros: que sufrieran discriminación social por su escasez de medios. No dudó ni un instante en privarse de otro tipo de comodidades con tal de que sus hijas fueran a clase decentemente arregladas. Todas las noches, Pilarín y Mari Tere eran “martirizadas” con horribles bigudíes de hierro, pacientemente colocados en sus finos cabellos por Lucía y María. Las pobres niñas sufrían dolor de cabeza, pero finalmente se acostumbraron y dormían con aquellos artefactos colocados en la cabeza. Y a la mañana siguiente lucían una espléndida melena cuajada de tirabuzones, a lo “Shirley Temple”, y eran la envidia de todas las niñas del Colegio. Por otra parte, mi abuela contrató a una modista, Damiana, que hacía verdaderas maravillas con retales y telas viejas. Bordaba y cosía como los ángeles, pero su “rojo” pasado le privaba de obtener un mayor reconocimiento social. Siempre confeccionaba los trajecitos iguales, de tal manera que las hermanas Cantos lucían igual de guapas. Qué digo guapas, espectaculares. Hasta corrió el rumor entre algunas madres de otras niñas que la ropa de las Cantos la traían “de la France”…



“Mamá, ¿eso qué es?” Mi madre tenía seis años. Flacucha, pero suficientemente alimentada. Con una carita de ángel y una dulzura que hacían derretirse al más frío de los témpanos, por no decir a su abuelo José. Era la única que conseguía arrancar una sonrisa de aquel hombre huraño y taciturno, que ya no representaba ni la sombra de lo que llegó a ser. Ahora no estaba con su abuelo, sino plantada delante de una pastelería recién inaugurada de la Plaza de Santo Domingo. Un escaparate con diferentes dulces de nata y chocolate se mostraba ante sus ojos, como espectáculo maravilloso que, sin saber por qué, le hacía salivar y le producía extraños movimientos de jugos gástricos en su reducido estómago. Mi abuela la miró y se echó a llorar. Su hija no sabía lo que era un pastel. Era la primera vez en su vida que veía uno. No tuvo más remedio que entrar y comprarle uno.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Dasten el Mar 03 Mayo 2011, 22:20

Adorar Derecha Adorar Derecha Adorar Derecha
avatar
Dasten
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 2983
Fecha de inscripción : 08/07/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por aenobarbo el Mar 03 Mayo 2011, 23:27

Abrazo 2
avatar
aenobarbo
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 3058
Fecha de inscripción : 09/07/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 24 Mayo 2011, 17:17

POSGUERRA 1943-…Sombras

SUMIN, la empresa de mi abuelo y de Guillermo Molina, iba viento en popa. No faltaba trabajo, y los contactos de Guillermo iban extendiendo la fama del despacho. Mi abuelo se encontraba tremendamente feliz, haciendo lo que le gustaba y comprobando que su trabajo era reconocido. Tanta era la confianza que Guillermo tenía depositada en mi abuelo, que hasta las cuentas bancarias de la empresa estaban abiertas con firma indistinta. “Guillermo, estamos manejando cifras importantes… ¿De verdad no te asusta que algún día pueda irme con todo el dinero?” Mi abuelo bromeaba con esa posibilidad, y Guillermo reía con ganas. Era bastante más alto y robusto que mi abuelo, por lo que al pasarle el brazo por encima del hombro y estrecharle contra él parecía que se lo iba a meter en un bolsillo de su chaqueta. “Pepe, si algún día huyeras con el dinero del banco, no me importaría. Te lo habrías merecido, pero dejarías de ganar muchísimo más, no sabes el futuro que nos espera”.

Por otra parte, mi abuela no cabía en sí de gozo. Había acudido con cierto recelo a una reunión privada con la Madre Directora del Colegio San Luis de los Franceses, donde estudiaban sus hijas. Desconocía el motivo, ya que en la misiva que recibió solo se la citaba para tratar un “asunto importante”, y se “rogaba discreción”. Temía que las Hijas de la Caridad hubieran descubierto el “pasado rojo” de la familia, y que quisieran expulsar a las niñas. Había ensayado un emotivo discurso sobre la importancia de la educación cristiana, sus raíces monárquicas y conservadoras, y hasta nombraba al Obispo de Orihuela, amigo de la familia… Pero no hizo falta nada de eso. El motivo de la reunión era bien distinto. “Doña Pilar, antes de empezar, le ruego absoluta discreción con lo que le voy a contar. Solo se trata de suposiciones, no hay nada concretado aún. Si hemos elegido a su hija, en parte se debe a que confiamos en que usted estará a la altura.” Mi abuela se relajó, y con las dotes aristocráticas aprendidas de su madre y la rancia educación recibida en su juventud disipó cualquier duda que pudiera tener aquella monja sobre si estaba delante de la persona idónea. Seguidamente, la monja le soltó un soliloquio grandilocuente sobre el excelso papel que habían desempeñado Francia y España en la construcción de una Europa cristiana y justa, y que ahora debían seguir haciéndolo. El Mariscal Pétain y el Generalísimo Franco eran amigos desde que el primero ejerció de Embajador en España, y estaban destinados a dirigir a ambos países hacia la consecución de los mismos objetivos. Precisamente ese era el origen de la reunión. “Me parece muy bien lo que me está contando, pero… ¿Qué tiene que ver todo esto con mi hija Pilarín?”. La monja sonrió y miró fijamente a mi abuela. “Es posible que el Mariscal Pétain venga a Madrid a hablar con el Generalísimo de asuntos muy importantes. Si es así, sabemos que pasará por nuestro Colegio, dentro de su Agenda de actos sociales. Su hija sería la elegida para entregarle un ramo de flores y ofrecerle un breve discurso de bienvenida. En francés, por supuesto. “

“Pepe, ven, siéntate, que tengo que decirte algo muy importante”. Mi abuela no esperó siquiera a que mi abuelo se quitara su sombrero y su abrigo, le cogió de la mano y lo llevó al dormitorio, cerrando la puerta para asegurarse de que nadie les oiría. “Pilar, que las niñas están ahí fuera, y tu hermano, y…” “¡Calla, tonto!”, le contestó mi abuela, sin tiempo a ruborizarse ni a pensar en lo que le insinuaba mi abuelo. Le contó lo sucedido como una catarata desbordándose en época de lluvias, a trompicones, faltándole la respiración. Se notaba que estaba necesitada de buenas noticias, y de reconocimiento social. Qué paradoja que un personaje tan cuestionable como Pétain pudiera ocasionarle tanto alborozo. Mi abuelo la escuchó pacientemente, con brillo en los ojos y una sonrisa serena. Cuando Pilar terminó, Pepe la abrazó tiernamente durante un largo rato, mientras acariciaba su oído con sus palabras. “Pilar, te quiero. Me alegro de que estés contenta, aunque sea con la visita de Pétain. Yo también tengo cosas muy buenas e importantes que contarte. Nuestra vida va a cambiar radicalmente”.
El Plan Bigador, hecho por el prestigioso arquitecto Pedro Bigador entre 1941 y 1942, era el primer Plan General de Ordenación Urbana que se hacía de manera integral para Madrid. Mi abuelo nunca antes lo había oído nombrar. Bebía del Plan Zuazo-Jansen de 1929, que él sí conocía, pero incorporaba nuevos y ambiciosos proyectos y concebía una remodelación absoluta de infraestructuras y viales nunca antes propuesto. Guillermo Molina había tenido acceso al documento, y varios de sus contactos le habían asegurado que el mismísimo Franco estaba muy interesado en la aprobación y desarrollo de dicho Plan. SUMIN tenía que volcar todos sus recursos en participar en ese Plan. ¿En qué, concretamente? Guillermo lo tenía muy claro: trabajarían para presentar el mejor proyecto posible para la construcción del primer Anillo de circunvalación de Madrid, la M-30. Mi abuelo estaba entusiasmado, no podía creer que aquello pudiera ser cierto. Ese régimen que él despreciaba en secreto, ese Dictador que él odiaba en secreto, iba a hacer posible uno de sus grandes sueños, diseñar una gran obra en su Madrid querido, una obra tan necesaria como olvidada durante los convulsos tiempos de la República. Una obra que, de poder realizarla, le transportaría directamente de Madrid al cielo.

Fueron unos meses muy felices en casa de mis abuelos. Pilarín ensayaba un discurso en francés que no entendía, y entregaba una muñeca a Mari Tere al terminar, haciéndole una reverencia. Mi tío Perico, que aunque hubiera tenido meningitis y su retraso le impidiera trabajar y “ser útil”, como decía mi abuela, dirigía la representación. Su enfermedad no había impedido que mis bisabuelos se hubieran gastado una fortuna en su educación, entre la búsqueda de los mejores profesores particulares y las… digamos “gratificaciones”, que tuvieron que repartir en ciertos tribunales para que mi tío obtuviera, al menos, los mínimos certificados de escolaridad que se exigían para un hombre de su posición. Hablaba correctamente francés, y se sabía todos los títulos y autores de las principales zarzuelas. Quería mucho a las niñas, y ellas le adoraban. Mi abuela, por su parte, veía que la vida les volvía a sonreír, y era doblemente feliz viendo cómo rejuvenecía mi abuelo. “Mirad niñas, qué regalos más bonitos os hace Guillermo”. Corrieron las dos hacia mi abuelo, y miraron extrañadas las dos cajas. Una era un “Meccano”, un nuevo juego de construcciones que estaba muy de moda en Inglaterra. La otra era un “Mah-Jong”, un antiquísimo juego chino que le encantó a mi abuela. ¿Por qué les hizo esos dos regalos? ¿Qué significado tenían? Mi abuelo no salía prácticamente del despacho, desarrollando el diseño de la futura M-30. Previamente había realizado un estudio de campo del trazado, tomando fotografías y muestras del terreno por donde debía discurrir la nueva carretera. De vez en cuando, Guillermo le pedía alguno de los planos o estudios que ya había hecho, para mostrarlos a los necesarios inversores que tenía que captar. Las arcas del Estado seguían siendo paupérrimas, y Guillermo pretendía adelantarse a los planteamientos gubernamentales teniendo solucionadas las primeras necesidades de financiación. Se reunió con un selecto grupo de inversores, todos afines al Régimen, y el éxito fue rotundo. El proyecto presentado entusiasmó a la mayoría, y no tardó mucho en conseguir las primeras cien mil pesetas, todo un capitalazo en aquella época. Aquellos regalos simbolizaron, según le dijo Guillermo, el cumplimiento de objetivos. “El Meccano simboliza tu saber hacer, Pepe. Sin tu ciencia nada de esto habría sido posible. El Mah-Jong simboliza la suerte, conseguir que el viento sople a tu favor. Pase lo que pase, deseo que el viento siempre sople a tu favor”. Dicho esto, Guillermo abrazó a mi abuelo como solo él sabía hacerlo, y se lo metió en el bolsillo de su chaqueta. Nunca más se volvieron a ver.

A mi abuelo le extrañó no ver a Guillermo al día siguiente. Ni al otro. Ni al otro. Le alarmó que al tercer día fuera el arrendador de la oficina a verle, para decirle que el Banco le había devuelto el recibo del mes anterior. Le asustó recibir la llamada de teléfono del proveedor de papel, tinta y diverso material de oficina, diciendo que no volverían a suministrar nada más hasta que pagaran las facturas pendientes. Le aterró comprobar en el Banco que Guillermo había sacado las ciento y pico mil pesetas que había en la cuenta el día que le hizo los regalos. Le hundió constatar, varios días después, que Guillermo había zarpado desde Cádiz hacia Argentina, donde ya habría llegado y estaría disfrutando del botín. Le humilló darse cuenta que ahora él debía todo ese dinero, y que los acreedores no tardarían en lanzarse contra él.

Abrir y cerrar los ojos. Sentir los latidos de tu corazón. Pum, pum, pum. Sentir que te estalla la cabeza, y un mareo intenso te lleva a una sensación de vértigo indescriptible. Volver a cerrar los ojos, esta vez con fuerza. Sentir cómo los abres de nuevo y comprobar que nada de esto es un sueño. De repente, necesitas aire fresco, mucho aire. Te ahogas, te falta la respiración…La ventana. “No, la ventana, no. Mejor abro la puerta, bajo las escaleras y salgo a la calle. Tengo dos hijas”. A mi abuela le cayó peor que si se hubiera repetido el terremoto de Torrevieja de 1829, del que tanto había oído hablar. Los nuevos cimientos de su nueva casa se habían derrumbado antes de haberla estrenado. ¿Cómo iban a salir de esta? Empezarían las demandas por impago, caerían después las querellas por estafa, el pasado republicano, la estancia en la cárcel… La cárcel. Otra vez. Otra vez no. Sabía que si su marido entraba de nuevo en la cárcel, ya no saldría. Había que preparar las maletas. Ese mismo día saldrían de Madrid.

No estaban huyendo. Ni mi abuelo ni mi abuela se lo habrían perdonado nunca. Podrían ser muy distintos, y claro que tenían defectos, cada uno los suyos. Pero el sentido de la responsabilidad y la honestidad les unió de por vida. Se habían desplazado a Orihuela, a intentar hacer negocios. A intentar solucionar sus problemas. “Sólo le pido discreción. Usted cobre la comisión que tenga que cobrar, pero procure que no corra el rumor por Torrevieja”. Mi abuela había decido vender todo el patrimonio que le quedaba. La casa señorial donde nació, residencia de alcaldes y navieros, mansión de novecientos metros cuadrados en el centro de Torrevieja. Había pocas como ella en el pueblo. Y la Finca “Lo Vigo”, auténtico vergel de naranjos y limoneros de más de cien tahúllas, con casa solariega, casa de labranza y corral de animales, cerca del caserío de Los Montesinos. Si su padre levantara la cabeza… Quizá no se enteraría, porque había encargado la venta a dos corredores de Orihuela, a sabiendas de que sería un escándalo hacerlo en Torrevieja. Además de absurdo, porque en 1943 no había nadie con suficiente dinero en Torrevieja como para poder comprar aquello. Aquellas dos fincas valían mucho más de cien mil pesetas, pero estaba dispuesta a venderlas por la deuda. Nada más.

Y nada menos. Los dos corredores desalentaron enseguida a mis abuelos. No veían fácil encontrar comprador en aquellos momentos difíciles, ni en Orihuela, ni en Murcia, ni en Alicante. Quizá por cincuenta mil pesetas… Se fueron completamente deprimidos, pensando en poner en marcha el Plan B. Rumbo a Valencia. Su prima Asunción les recibió con los brazos abiertos. No se habían visto desde que comenzó la Guerra, aunque habían acogido temporalmente al Tío Perico. Se querían mucho, tanto como si fueran hermanas. Pero en cuanto le ofrecieron la posibilidad de comprar las fincas, no se lo pensó dos veces. “De ninguna de las maneras, prima. No me interesan para nada tus fincas de Torrevieja. Jamás te las compraría”. Con la excusa de sentir un fuerte dolor de cabeza, y presumiendo que estarían agotados por el viaje, se despidió de ellos hasta el día siguiente. Les acomodó en su dormitorio y les dejó a solas con su estupefacción. Al día siguiente desayunaron solos. Asunción y su marido habían tenido que salir temprano de casa, pero habían dicho al servicio que atendieran a los señores de Cantos y que les esperaran para comer. Mis abuelos estaban sumidos en un marasmo, sin saber cómo reaccionar ni qué hacer. Casi no desayunaron, casi no dijeron palabra hasta la hora de comer. El silencio era sepulcral. Sentados en un sofá, dieron un respingo acompasado cuando escucharon el sonido de la puerta. Asunción abrazó a mi abuela y le entregó una carpeta de piel con cremallera, muy abultada. “Prima, sé que es mucho dinero, pero ahora te hace más falta a ti que a mí. No es un regalo, ni mucho menos, pero no tengas prisa en devolvérnoslo. Ya vendrán tiempos mejores”.
Aquel año 1943 no acabó tan mal como todo hacía presagiar. Mi abuelo pagó todas las deudas y evitó la cárcel. Mi abuela supo que quien tiene una familia tiene un tesoro. Ah, el Mariscal Pétain, finalmente, no fue a Madrid. Hitler cambió de planes, Franco se acercó progresivamente a Churchill, y mi tía Pilarín no acababa de pronunciar bien su discurso en francés. Mejor así.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

gracias hijo

Mensaje por m teresa de cantos el Sáb 28 Mayo 2011, 14:10

Es un capitulo para mi muy emotivo.Hay familias y familias aunque la de mi madre fue especia, La Ayuda vino de mi tia abuela Asunción apoyada por sus tres hijos.Tardaron en devolver el dinero, mis padres, tres años unos días antes de que mi padre sufriera un terrible accidente. Pero esto ya lo contará Fernando,
A pesar de tantasdesgracias mi padre nunca perdió su buen caracter y su confomidad.
gracias hijo por tus escritos
avatar
m teresa de cantos
Pasaba por aquí

Cantidad de envíos : 16
Fecha de inscripción : 19/11/2010

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por francgain el Sáb 28 Mayo 2011, 20:02

Dichoso tu Fernando porque tu Sra. madre puede leerte, evocar tiempos pasados y emocionarse releyendo tus relatos...como algunos de nosotros.
En medio de tanto mare-magnun......un poco de ternura.

Mis respetos a Dª Teresa y saludos para tí, amigo!!!



avatar
francgain
Comandante

Cantidad de envíos : 8672
Localización : Cartagena
Fecha de inscripción : 02/10/2008

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Dom 29 Mayo 2011, 12:01

Abrazo 2
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Mar 31 Mayo 2011, 19:39

POSGUERRA, 1944- Puente a Mallorca


Empezar de cero. Año nuevo, vida nueva… Ojalá fuera nueva. A mi abuelo no le habían devuelto la carrera, aún le quedaban muchos años de ostracismo profesional. Y con el escándalo de SUMIN a las espaldas, todo parecía un poco más difícil. Es cierto que había evitado la cárcel, que había pagado todas las deudas que dejó el estafador Guillermo Molina y que podían comer durante unos meses gracias a los ahorros generados por los trabajos realizados. Pero había que empezar de nuevo, buscar trabajo y sacar a la familia adelante. “Aquí no se contratan rojos”. Era la frase más repetida, una y otra vez. Había recorrido todas las Academias de Madrid, todas las oficinas de proyectos, todos los negociados, empresas de construcción… Cuando conseguía una entrevista personal con el encargado de contratación, éste se entusiasmaba. Mi abuelo ponía tanta fe en su contratación que convencía al instante. Bueno, fe y conocimientos… Que hacían que, seguidamente, le pidieran su título universitario o que explicara cómo había conseguido su formación. Ahí estaba el fallo. Tenía que desvelar su pecado, reconocer ante los ojos seráficos de la Nueva España que bajo su cándido aspecto se escondía un temible y abominable monstruo, esperando que algún día su interlocutor se acordara de aquello del perdón misericordioso. O del perdón interesado, vaya. Necesitaba trabajo. Empezar de cero. Pero estaba bajo cero.

Mientras tanto, sus hijas crecían y crecían. Pilarín iba a cumplir diez años, y Mari Tere ocho. ¡Diez años! Y aún no había hecho la Primera Comunión… De ese año no podía pasar. La harían juntas las dos hermanas, que no estaba la cosa para gastos. “Pilarín, hija, no comas más, deja algo para el año que viene…”. Mi abuela miraba angustiada a su hija mayor. “Eres una lima”, le solía decir. Había salido a mi abuelo, desgarbada, alta, ancha de caderas. En cambio, Mari Tere era la antítesis. No comía nada, era menudita, muy presumida, pero “poquita cosa”. “Ya veremos qué pasa de aquí a Mayo. Como sigan así, Pilarín va a parecer una novia, y Mari Tere su paje”. Pero Pilarín y Mari Tere no entendían las cuitas de mi abuela, ni –afortunadamente- eran conscientes de los problemas de mi abuelo. A pesar de la época, de las privaciones, de las bombas primero y de las humillaciones después, fueron dos niñas felices. Así me lo cuenta mi madre. Sin depresiones postveraniegas, ni traumas estudiantiles, ni teledependencia, ni… Por no tener no tenían ni ganas de aburrirse. ¿Cuántos de nosotros recordamos la primera vez que fuimos al cine? Quizá más de uno, de acuerdo, pero seguro que ya serán menos los que lo recuerden con la misma emoción y frescura –como si fuera ayer- de mi madre. Fue en el Palacio de la Prensa, en Febrero de 1944. La película era “Pinocho”, estrenada en Madrid cuatro años después que en Nueva York. Aquella Mari Tere de tirabuzones y ojos grandes disfrutó de lo lindo, comió riquísimas y extrañísimas galletas de coco y lloró con la ballena, aunque aplaudió mucho cuando el hada devolvió la vida al muñeco de madera. Aquella noche casi no pudo dormir de la emoción, y muchas, muchísimas noches después, aún se emociona cuando lo recuerda.

Lo que no supo Mari Tere hasta muchos años después fue el motivo por el que mis abuelos decidieron “tirar la casa por la ventana” e ir todos juntos al cine, con el “extra” añadido de las citadas galletas de coco, todo un lujo. Esa misma mañana la suerte de toda la familia había vuelto a dar un giro radical. Pepe de Cantos había hecho su enésima entrevista, en la enésima empresa, con el enésimo encargado de contratación. Pero cuando este le preguntó por su titulación, y mi abuelo, con resignación y orgullo, había vuelto a desvelar su “rojo” pasado, ocurrió el milagro. “Perfecto. Cumple Usted el perfil exacto de lo que estamos buscando. Si le interesa, puede empezar mañana, hay mucho trabajo. Por cierto, comentó que tiene disponibilidad absoluta para viajar y cambiar de residencia, ¿no?”. Aquel hombre era Luis Sánchez Guerra, Consejero Delegado de una pequeña Empresa llamada Dragados y Construcciones S.A. Fundada en 1941 con el apoyo del Banco Central, su objetivo era convertirse en un referente de la obra pública española, sobre todo en obra portuaria. Habían basado el proyecto en tres pilares: 1º-) Los restos materiales de la antigua Hispano Holandesa de Construcciones, en quiebra desde 1936, pero con las mejores dragas y remolcadores que había en aquella pobre España; 2º-) El apoyo financiero del Banco Central, acreedor de Hispano Holandesa, que veía en el nacimiento de esta Empresa una solución de cobro y una apuesta de futuro; 3º-) La contratación de los mejores Ingenieros de Caminos del país, independientemente de su ideología o pasado. El propio Luis Sánchez Guerra fue represaliado del franquismo, al haberse negado a apoyar el golpe desde su puesto de Gobernador de Guinea Ecuatorial en 1936. Mi abuelo encajaba perfectamente en este tercer pilar.

“¿Palma de Mallorca?¡¡Jesús, Jesús, qué miedo!!” María andaba nerviosa de un lado a otro de la cocina, persignándose. “María, no digas más tonterías y vete a hacer las camas. ¡Sal de mi cocina antes de que te eche yo a cucharazos!”. Su prima Lucía, que ejercía de hermana mayor, madre, jefa y confesora, esbozó una leve sonrisa cuando María salió de sus dominios. Ella sí había visto el mar, en Torrevieja, por lo que le llevaba ventaja a su prima. Pero tampoco había montado nunca en barco, por lo que compartía secretamente nervios con ella… Qué más daba, sabía que era una buena noticia. El nuevo trabajo de Don José era una bendición, y la intuición le decía que las cosas iban a cambiar mucho, y para bien. No se equivocaba. Aunque Dragados se había creado en 1941, la construcción de un nuevo muelle al oeste del puerto de Palma, era la primera gran obra que habían logrado adjudicarse. Era un momento crítico para la Empresa, su despegue o su hundimiento. El Banco Central empezaba a recelar de la credibilidad del proyecto empresarial, y había mostrado su nerviosismo en las reuniones del Consejo de Administración. No podían fallar, y necesitaban contratar al mejor Ingeniero dispuesto a abanderar esta obra. Mi abuelo aceptó de buen grado emigrar a Palma, sin consultarlo siquiera con mi abuela. Sabía que no pondría impedimentos, y que incluso le agradaría volver a vivir en una ciudad donde la brisa del mar no la buscas, te inunda. El marchó a Palma a principios de Marzo, aunque la familia se quedó en Madrid hasta finales de Mayo. ¿Por qué? La Comunión de las niñas…

Fue sencilla, pero muy especial y emotiva. Al final, la diferencia de estatura no era para tanto, había niñas tan altas como mi tía Pilarín y otras tan bajas como mi madre. Las dos recordaron aquel día con mucho cariño, como cualquier niño recuerda el día en que fue el protagonista absoluto. Mi abuelo, por supuesto, regresó de Palma para asistir a aquel evento, tras el que partió toda la familia rumbo a Mallorca. El viaje en barco desde Valencia fue tranquilo y placentero, aunque María hubiera preferido que existiera el famoso puente que, muchos años después, popularizarían “Los Mismos”.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por ctpap el Mar 31 Mayo 2011, 20:15

Aplauso 3 Aplauso 3 Aplauso 3 Fernando deberías sacar un librillo con estas historias, son interesantísimas.. Wink
avatar
ctpap
Cronista Oficial

Cantidad de envíos : 2056
Fecha de inscripción : 05/07/2008

Volver arriba Ir abajo

palma de mallorca

Mensaje por m teresa de cantos el Miér 01 Jun 2011, 20:51

bravo hijo has sabido expresar, todo lo que sentí aquel año, tan especial para mi familia
un beso
avatar
m teresa de cantos
Pasaba por aquí

Cantidad de envíos : 16
Fecha de inscripción : 19/11/2010

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Jue 02 Jun 2011, 13:54

;D
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Fernando el Lun 27 Jun 2011, 19:10

POSGUERRA, AÑOS 40- Otra España

«Mirad en torno vuestro: Mirad a la Nueva España cómo vela por todos
sus hijos, hasta por los más miserables. Ved al Gobierno de nuestro
invicto y glorioso Caudillo cómo se preocupa hasta de los prisioneros
que gimen sus culpas en los campos de concentración de Francia. Y
ved como en estas provincias, que por la gracia divina, y también por
el genio y la voluntad de Franco, cumpliendo mandato de Dios, se han
salvado íntegramente de la gran catástrofe, [...] no ha habido que lamentar
horrores ni tragedias máximas [...].
Tiene España una vieja experiencia de estas cosas. En la época
de los Reyes Católicos, hubo una expulsión de judíos y de moriscos.
Muchos salieron de España, pero muchos se acogieron a su benignidad,
haciendo abjuración de sus creencias, [aunque] algunos seguían
siendo por dentro tan marranos y tan judíos como antes.
Hoy existe el mismo peligro. Entonces lo conjuró la Inquisición;
pero hoy, ¿quién lo podrá conjurar? Es preciso rectificar, sí. La
rectificación, si es sincera, lava el pecado. Pero es preciso que los que
rectifiquen, los que vengan a la Nueva España, sientan arrepentimiento
de sus culpas pasadas. Que hagan confesión pública de sus errores
y que sepan que no están dispuestos a volver a caer en ellos. Que no
vuelvan a haber en la España de hoy marranos ni judaizantes».


Así exhortaba a sus fieles Fray Albino, Obispo de Tenerife, poco después de acabada la Guerra. Resume perfectamente lo que fue la Posguerra en España, pero con matices propios de Canarias. Allí no hubo casi tiros, ni muchos muertos, ni grandes destrozos. Las Islas Afortunadas pasaron de puntillas por el horror de una Guerra que partió a España en dos. Mi padre, sus tres hermanos y mis abuelos paternos vivieron en otra España tanto la Guerra como sus terribles años posteriores.

¿Terribles? Bueno, no tanto… Y menos aún para ellos. Mi abuelo Luis era Director General de Carreteras, después de haber pasado por el Puerto de Las Palmas. Los Ingenieros de Caminos escaseaban en las islas, por lo que su posición social era realmente envidiable. Después del alto clero, la cúpula militar y el Alcalde, no se podía aspirar a más. Mi abuela Carmen gozaba de una vida social intensísima, era raro el fin de semana que no tuvieran alguna fiesta o algún acto destacable. Obviamente, la carestía de ciertos productos o comodidades también afectaba a la dulce y tranquila sociedad canaria en aquellos años 40, máxime cuando al aislamiento internacional que sufría España y a la autarquía inventada por Franco se le unió la Segunda Guerra Mundial, que afectó seriamente a los suministros británicos que pasaban por los puertos canarios. No obstante, si en la península se hablaba del “estraperlo”, en Canarias se hablaba del “cambullón”, versión “sui generis” mucho más práctica y menos dramática que ayudó a mucha gente a pasar aquellos años de una manera más agradable. “Cambullón” es un término acuñado por los propios traficantes de género, proveniente del inglés (“come and buy on”), mediante el que se intentaban burlar las reglas que impedían el suministro de ciertos productos en Las Palmas y Tenerife, aún gozando de la “categoría” de puertos francos. Consistía en adquirir la mercancía en el propio barco, en aguas internacionales, y “colarla” después en tierra ante la indiferencia o complicidad de las autoridades… Que acabaron permitiendo descaradamente estos trapicheos, con auténtico tráfico de camiones por los puertos. De esta manera, en Canarias nunca faltó carne, ni patatas, ni trigo, pero también es destacable que hubo penicilina, sacarina y otras medicinas mucho antes de que pudieran soñar con su llegada en la península.

Mi padre iba a la playa de Las Canteras casi todos los días, junto a sus hermanos y a amigos del colegio. Formaban parte de la élite estudiantil de Las Palmas, alumnos del Colegio Alemán y después de los Jesuitas. El Colegio Alemán era el más prestigioso de Las Palmas hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, que supuso su auténtico declive. Primeramente sufrió un importante recorte presupuestario por parte del Gobierno alemán, además del abandono de sus clases de la mayoría de estudiantes canarios, más simpatizantes del bando aliado. Podían ser profranquistas, sí, pero la influencia de Gran Bretaña era muy importante en aquella sociedad y en su economía. De hecho, el Colegio tuvo que cerrar sus puertas en 1945, con la derrota de Alemania en la Guerra. Años más tarde abriría de nuevo, pero ya nunca sería lo mismo. Y en 1939 reabrió con fuerza el Colegio de los Jesuitas, expulsados en tiempos de la República, y acogió a la mayoría de “huidos” del Colegio Alemán, entre los que se encontraban los cuatro hermanos da Casa: Luis, José Antonio, Fernando y Julio. Ninguno de los cuatro recordó nunca haber pasado ningún tipo de privaciones durante la Guerra o la Posguerra, ni siquiera oyó hablar de desastres o historias truculentas por parte de mis abuelos o de alguna otra persona. Como anécdota sí me contaron que las Cartillas de Racionamiento de la familia (de Primera Clase, por supuesto) no las llegaron a usar, sino que mi abuela dispuso su envío a Madrid “para que las utilicen vuestros tíos y primos, que allí las necesitan más”. Ni siquiera durante los largos veraneos que pasaban en la península eran conscientes de que existieran mayores problemas que ver “más pobres” por las calles que en Las Palmas. Cada verano se establecían en algún Balneario o ciudad del norte de España, buscando siempre lo más selecto y cuidado de cada lugar. San Sebastián, Santander, Llanes y La Coruña estaban entre los lugares favoritos de mi abuela. La parada en Madrid para ver a la familia era obligada, pero tampoco las enormes cicatrices que exhibía la capital del Reino hicieran mella en las pupilas de aquellos cuatro niños. “No hay mayor ciego que el que no quiere ver”, dice el refrán. Sigue igual de vigente en 1945 que en 2011…

Fue precisamente en la playa de Las Canteras donde sucedió un hecho que sí marcó a mi padre de por vida. Se estaban bañando los cuatro hermanos cuando una medusa gigante abrazó a su hermano Fernando, el “pupas” de la familia. Si a alguno le tenía que pasar algo, siempre era a él, el hermano mellizo de mi padre. Hasta nació con un brazo roto… Pero lo de la medusa llegó a asustarles a todos. La picadura fue tan grande y tan extendida por todo el cuerpo que temieron por su vida. Finalmente todo quedó en un susto, pero después de estar sumergido en una bañera de agua con VINAGRE durante casi veinticuatro horas. El olor tan penetrante del vinagre, unido al impacto de ver a su hermano con espasmos, la incertidumbre de no saber qué pasaría… Mi padre no pudo soportar aquel olor nunca más. Detectaba la presencia de vinagre a decenas de metros, y era incapaz no ya de probar algo que contuviera vinagre, sino de compartir espacio físico con nada que hubiera sido rozado por tan culinario elemento. ¡ Ay, los conejos al ajillo, gazpachos, ensaladas, salsas y otras delicias que se perdió (nos perdimos toda la familia, más bien) a causa de aquella medusa!

Lo que no se perdió mi abuelo fue a Rita Hayworth. “Personificación del mal”, “Gravemente escandalosa” y calificativos similares fueron dados por el Obispo de canarias, Monseñor Antonio Pildáin, hacia la película “Gilda”, estrenada en Las Palmas en Enero de 1948 en el cine Cuyás. “Peligro de excomunión” para los empresarios que proyectaran dicho film diabólico y “gravísimo pecado mortal” para los fieles que acudieran a verla. Señoras rezando el rosario a la puerta del cine, “informadores” del señor Obispo merodeando por los alrededores… ¿Cómo se iba a atrever Don Luis da Casa Calzada, respetabilísimo y conocidísimo hombre de bien, a entrar en el cine y acabar en el barro? Obviamente, y muy a su pesar, no fue al cine. Pero una Pastoral del Obispado de Tenerife, publicada el 18 de Enero de 1948 y que reproducía las amenazantes palabras del Obispo de Canarias, le iluminó el semblante, como a muchos otros habitantes de Las Palmas… “Carmen, tengo una sorpresa para ti. Prepara una maleta ligera que vamos a pasar el fin de semana a Tenerife. Ya verás qué bien lo vamos a pasar”. La película fue estrenada en la isla vecina después que en Las Palmas, probablemente, porque se tratara de la misma copia que viajó de isla en isla. Mis abuelos disfrutaron de la bofetada más famosa del cine en el Teatro Baudet de Santa Cruz de Tenerife el 31 de Enero de 1948. De incógnito, por supuesto.
avatar
Fernando
Veteran@ del foro

Cantidad de envíos : 1903
Localización : Cartagena, claro...
Empleo /Ocio : Superviviente
Humor : POR SUPUESTO, en estos tiempos...
Fecha de inscripción : 26/06/2009

http://www.serfineu.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Vivencias y recuerdos de la Guerra Civil

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 3 de 4. Precedente  1, 2, 3, 4  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.